Clavé en mi dedo
una aguja de oro para
poder vender así mi sangre.
La bestias reclamaban aquella
que brotaba de mi ser, pues
decían pertenecer a ellas.
—¿No es producto de mi cuerpo? —pregunté con temor.
—Lo rojo nace de ti, sí, pero, ¿no ha sido gracias a
nuestro oro que tú,
pequeña criatura,
has recolectado tan glorioso manjar?
—Pero, dijisteis que podría tomar aquel utensilio sin pedir nada a cambio, ¿no fue así?
Las bestias rieron. Sus grotescas fauces dejaban caer viscosas gotas que saltaban por todo
el lugar.
—¡Qué necio eres, mortal! ¿Pensaste de verás que nosotras,
que devoramos por placer,
te otorgaríamos dorada reliquia
de forma altruista?
La mano de una de ellas tomó mi cuello,
impidiéndome respirar. Otra de ellas, que aún reía,
lamió la sangre que brotaba
de mi dedo.
Había cierta lascividad en el movimiento;
pero, en sus ojos, la maldad
afloraba grotescamente.
La última miraba, impasible,
con sus uñas clavadas en su propia
carne.
—Ya sabes —dijo una.
—Que tu piel —prosiguió la otra.
—Nos pertenece, ¿verdad? —finalizó la última.
Y, tras casi arrebatar el brillo de mis ojos,
marcharon torpemente
hacia la profundidad de la urbe.
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