La garganta se atranca cuando te miro.
Mi voz susurra a través de mis ojos lo que heredé de ti.
Pero parpadeo,
como si pudiera mandarte a volar.
Y me hago la tonta, como si no supiera de quién son mis ojos.
Tuyos, siempre tuyos. Todo es tuyo.
Mamá, siento que me sostienes el corazón.
Que lo obstruyes.
Y luego lo aprietas, una y otra vez,
para simular que puede latir.
Me cuelgas de tus manos.
Soy una marioneta morada,
sin oxígeno en las venas,
la sangre, toda en la cabeza.
Y las manos colgando.
Tu rabia me ha costado la vida.
La vida me ha costado tu rabia.
¿Los hilos no te han ido poniendo morados los dedos?
He tirado más fuerte para rasparte y ver si saco liquido.
Dime si hay algo de espesor en tu "sangre",
o si eres una muñeca al igual que yo.
Pero tú no eres de hilos.
Eres de guante.
Y yo pendo de tus dedos,
de las fibras que intentan zafarse
pero no pueden deshilacharse.
Porque si sueltas la mano,
el guante se cae.
Y me vi en el espejo detrás de ti:
Dos muñecas amoratadas.
Una colgada.
La otra,
con una mano dentro.
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