En los pliegues del camino
y en los surcos antiguos de la voz,
he aprendido que el hogar
no es un lugar, sino un exilio
que lleva memoria en la sangre.
He visto tus manos, marcadas
como mapas sin brújula,
y he descubierto
que en cada pliegue se repliega un canto
—no de nostalgia, sino de resistencia—.
No hay raíces que dominen,
solo el viento que desanda tu historia,
la danza que insiste
en nombrarte parte
de un todo que resiste el olvido.
He observado tus ojos,
negros de polvo y a la vez de eternidad,
y comprendí que emigrar
no es alejarse,
sino reinventarse a cada paso.
Este no es un poema de asombro,
sino de reconocimiento:
en tu errancia hallé mi propio pulso,
un latido que no se refugia
en muros, ni descansa en fronteras.
He visto cómo, desafiando
la costumbre de lo sedentario,
soportas el peso ligero
de la pertenencia múltiple.
Y aprendí, finalmente,
que pertenecer es no quedarse.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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