Crecí rodeada de mujeres
—temprano aprendí del miedo—
de la llave apretada en la mano
del caminar rápido en calles vacías
del silencio que protege
y de las miradas que pesan.
Crecí rodeada de mujeres
—temprano aprendí de la lucha—
de los nombres escritos en carteles
del eco de los pasos en cada marcha
de las manos que no sueltan
y de la rabia que se vuelve grito.
Crecí rodeada de mujeres
—temprano aprendí del amor—
del abrazo que reconstruye
de la risa que desafía
del sostén en las caídas
y de la ternura como trinchera.
Crecí rodeada de mujeres
—temprano aprendí de la pérdida—
de sillas vacías en la mesa
de nombres que ya no responden
de teléfonos que suenan en la madrugada
de madres buscando a sus hijas.
Pero también aprendí
que somos fuego,
que nos llamamos por el nombre
y nos respondemos con el alma,
que nuestros pasos no se detienen
porque la historia aún nos debe demasiado.
Por eso seguimos,
con las manos alzadas
y el corazón ardiendo,
porque no nos quitarán la voz,
porque este mundo,
aunque les duela,
será nuestro.
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Cielo Hochberg
No sé por qué siempre que escribo termino hablando de ausencias, de muerte y de amor. Será que quizás son las únicas formas de vida que conozco.
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