Camino entre la niebla,
con la eternidad oxidándome los huesos,
con esta sed que no muere,
solo duerme… y hoy ha despertado.
No busco amor.
No esta vez.
Busco una alma tibia,
inocente o rota,
no importa.
Solo que lata fuerte,
que tiemble al verme,
que se entregue al filo de mis colmillos.
Quiero sentir su piel ceder bajo mis manos,
su cuello temblar,
la sangre —dulce, caliente, viva—
brotar como un suspiro rojo.
Quiero beberla,
no con delicadeza,
sino con hambre.
Que me queme la garganta,
que me inunde.
Que me haga olvidar,
por un segundo,
lo muerto que estoy.
Y cuando caiga, rendida,
cuando sus pupilas se dilaten entre miedo y deseo,
la tomaré.
Cuerpo, alma, aliento.
Todo.
No por necesidad,
sino por placer.
Por el arte de corromper
lo que aún no sabe de la oscuridad.
Soy el abismo con nombre.
Y esta noche,
tengo hambre de belleza,
hambre de inocencia…
hambre de ella.
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