Hace mucho que no visito el mar.
He trazado su forma en papeles pálidos,
caligrafiando su espuma,
la fuerza solemnde un territorio inexplorado.
Hace años que no la veo.
Sospecho, con la extrañeza de un recuerdo prestado,
que he habitado más tiempo su ausencia,
escribiendo y amando la idea de su inmensidad,
que el tiempo físico en el filo
de su geografía.
Amar el eco del agua,
más que al agua.
Aun así, me sumerjo.
Me pierdo en la inercia del juego que propone,
en un tiempo circular que me arrastra hacia ella,
me envuelve,
y luego el reflujo me abandona en la orilla,
donde espero.
Siempre espero.
Espero que la espuma de su sal
toque mi piel,
impregne mis pies con el rezago de su fuerza,
mientras el amor se retira dócil con la resaca,
vaciando los lugares que ya no existen.
Espero que la mar, en su vorágine, deje algo de su salitre:
ese ardor que me irrita y me ciega la vista,
un golpe de sal en los ojos,
para poder fingir,
por un segundo,
que el escozor es tu manera
de mirarme todavía.
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