La vida es imprevisible. A veces se tiene la fortuna —o desgracia, según la perspectiva individual— de conocer cierta parte de nuestro trayecto.
Este es de mal gusto, de tallado irregular y sinfonías confusas. Es torpe, cruel y desdichado; a su vez, y sin opacarse entre sí, es belleza. Es sabiduría, dulzor, calor. Mantiene su paso con colores de tonos vivos, brillantes. Es poesía, arte, pasión.
Nuestro camino cuenta con esos matices propios del humano. Somos creados a partir de vivencias, experiencias y situaciones que ya han experimentado otros con anterioridad. A veces, hacemos mutar estas mismas y logramos escapar de esa corriente que nos han inculcado —buena o mala—; otras, sin embargo, nos vemos obligados a cometer los mismos errores que nuestra sangre cometió. Estamos condenados a errar, eso está claro.
Y eso se debe a esto mismo mencionado al principio: como de imprevisible es la vida.
A veces pienso lo mucho que ha cambiado mi trayecto en estos cuatro años. Y, si retomamos incluso más atrás, cuando aún caminaba sin miedo en mis piernas y solamente tarareaba las melodías imprecisas que los niños cantan, entonces, y solamente entonces, podría admitir que soy otro. Soy un infante en el cuerpo de un adulto.
Y es normal. El humano nace en este mundo para sufrir y, como todo ser que es dañado a temprana edad, sin herramientas ni armas con las que defenderse, tiende a buscar a futuro el sanar esas heridas viles y despiadadas que sangran a destiempo. Sangran en sueños, entre gritos o entre risas, en suspiros, en caricias; pero, esto no puede detener nuestro andar, pues las piedras se encontrarán da igual el calzado que lleves. Y, a pesar de no conocer el trayecto, sí que somos conscientes de cuál es el final. Uno. Solamente tenemos uno.
¿No es suficiente tortura el morir sabiendo que nuestra presencia efímera no es más que unas flores venideras que se marchitarán con el tiempo y solamente dejarán paso a las bacterias y gusanos? Pero claro:
El final no es más que abono.
El final no es más que un telón cerrado.
El final, es eso. Un final.
«Es mejor equivocarse siguiendo tu propio camino que tener razón siguiendo el camino de otro» — Fiódor Dostoievski
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