8/Abril/2025
Odio sentirme así.
En serio, me da asco.
No es tristeza, no es ansiedad:
son gusanos.
Los siento allí, bajo el esternón, rosados, brillosos de baba,
enroscándose en los ventrículos,
mordisqueando el músculo que bombea lo que ya no quiero sentir.
Suben al estómago
bajan al vientre, giran, se empapan.
A veces los escucho masticar algo blando:
mi coraje, supongo.
Y las manos.
Esas manos grises, de dedos largos como arañas muertas,
que me sostienen por los hombros y me bajan
a un pozo donde ya no hay luz,
solo el olor a tierra húmeda y a mí mismo podrido.
Y lo peor:
ya no quiero salir.
El hoyo es mi cama, mi madre, mi útero.
Ahí adentro no me duele tanto.
Quisiera abrirme el pecho con las uñas,
sentir el crujido del cartílago,
hundir los dedos entre las costillas como en barro tibio,
sacar esos gusanos uno por uno,
verlos retorcerse en la palma,
aplastarlos con los dientes si hace falta,
y luego prenderle fuego a las manos de sombra,
verlas arder con olor a plástico y a pelo quemado.
Pero no.
Al final, cuando la rabia se va y solo queda el vacío
me los como otra vez.
Crudos. Palpitando.
Para sentir algo.
Para que la carne sepa que todavía puede doler.
Y las manos vuelven.
No las llamo.
Se forman solas con el polvo que guardo bajo la cama
el polvo de todas las veces que prometí matarlas
y me bajan otra vez.
Y yo bajo.
Quiero vivir.
Lo juro que quiero.
Pero la vida huele a luz, a gente, a mañanas.
Y yo ya soy casi raíz.
Tengo miedo de que si salgo,
el sol me seque los gusanos,
y entonces sí,
entonces sí que no quede nada.
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