Empecé a leer a San Agustín de Hipona por mi mejor amiga, él fue un filósofo y teólogo que pasó gran parte de su vida buscando sentido en muchas cosas: en el amor, en el deseo, en las personas, en la tristeza y en Dios.
Lo que más me sorprendió de él fue su humanidad, más que su fe. Porque fue alguien que amó mucho, que se equivocó, que se sintió vacío aún teniendo aquello que creía querer.
Leyendo algunos de sus pensamientos entendí porqué tantas personas se identifican con él después de tanto tiempo: porque escribió desde la herida, desde la duda, y desde esa necesidad de encontrar algo que le dé paz al corazón.
Hay una frase suya que no dejo de pensar "Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti"
Y creo que últimamente he entendido un poco más esa inquietud.
A veces pienso que antes de quererte buscaba llenar vacíos con ruido, con nostalgia o con miedo, más que la calma. Pero contigo pasó algo distinto. No porque llegaras a salvarme, sino porque tu presencia me hizo detenerme y mirar hacia dentro cada día que pasaba.
Hay personas que llegan haciendo ruido y hay otras que llegan haciendo conciencia.
Tú me hiciste pensar más en Dios, no desde el miedo ni desde la culpa, sino desde algo más tranquilo: desde la idea de que amar también puede ser cuidar, escuchar, tener paciencia y desear sinceramente el bien para alguien más.
San Agustín decía "mi amor es mi peso; él me lleva dondequiera que voy", y eso explica muchas cosas. Porque aquello que amamos termina moldeándonos, moviéndonos, acercándonos o alejándonos de quiénes queremos ser.
Y yo quiero que este amor -sea cual sea su forma- me acerque a la luz, no al vacío. Quiero aprender a amar sin perderme. Quiero aprender a acompañar sin poseer. Quiero aprender a mirar con ternura y no desde el miedo de que se vaya.
Tal vez por eso te quiero en mi vida.
Porque contigo entendí que hay personas que no solo despiertan sentimientos, sino también reflexión. Personas que, sin darse cuenta, hacen que uno quiera convertirse en alguien más honesto, más sensible, más humano.
Y quizá ahí también habita Dios: en esos vínculos que nos hacen mirar hacia arriba y hacia adentro al mismo tiempo.
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