Llevaba semanas viendo campos verdes donde antes ardía el amarillo.
Pensé que los girasoles se habían marchado.
Pensé que, como había dejado de visitarlos, simplemente se habían marchitado como se marchitan los sueños.
Pasé las horas buscando sus pétalos, esa vista amarilla que cubre las colinas.
Pero me daban la espalda.
No querían verme.
Entonces, una mañana cualquiera, en el mismo camino de siempre, comenzaron a aparecer detrás de cada curva.
Sentí una alegría que subía por el pecho como si fuera el sol del amanecer.
Es curioso, porque el cielo estaba nublado, pero el campo lleno de girasoles era mi propio sol.
Una sonrisa recorrió mi rostro y agradecí que nadie me viera, porque era una sonrisa demasiado mía, sólo para ese momento.
Ya iba mirando por la ventana, como siempre, pero esta vez con los ojos más atentos, como si no quisiera perder ni un solo giro amarillo.
Y supe que aquello no era casualidad.
Me pareció un regalo, sin duda.
Y pensé en aquella petición, en ese deseo que había lanzado al universo, a Dios o a lo que sea que escucha en silencio.
Y entendí que esto era su respuesta.
Entonces pensé en la luz.
En cómo siempre había escuchado que los girasoles la buscan.
No esperan a que llegue, la siguen.
Se giran aunque el día esté nublado, aunque el cielo no sea claro, aunque no parezca que haya nada que buscar.
Y me di cuenta de que quizá eso era lo que había pasado todo este tiempo.
Que yo también había seguido mirando por la ventana, incluso cuando creía que ya no estaban.
Y ahí seguían.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in