Fui lluvia queriendo entender al relámpago,
una nota errante
en la sinfonía que tu sombra dictaba.
Me diste nombres hechos de aire,
palabras que se quebraban al pronunciarse,
joyas de humo
que dolían como espejos encendidos.
Tu ego, vasto como un sol sin órbita,
devoraba mis silencios para sentirse eterno.
Yo era apenas un reflejo
donde tu luz se probaba su propia perfección.
Tus manos sabían herir con ternura,
trazar fronteras en mi respiración,
hacer del amor
un altar donde sólo vos cabías.
Había espejos que mentían tu mirada,
ecos que juraban ser promesas,
y yo —creyente del abismo—
quise convertirme en llama,
sin notar que tu fuego era hambre.
Las mentiras germinaron despacio,
como raíces que buscan cielo en la piedra,
y cuando quise salir,
ya era parte del muro.
No fui tormenta, ni calma,
sólo un eco sin idioma
que el viento dejó dormido.
Y ahora,
cuando el silencio respira,
todavía se escuchan tus pasos en mi niebla.
Hay constelaciones que llevan tu sombra,
mares que aún no aprenden mi nombre,
y un pedazo de mí
que sigue girando en el vacío.
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