Entre boleros, escribía mi despedida. Tu cámara, que aletea como pájaro, tatuaba cada píxel de mi errático escribir en su tarjeta SD, por si alguna vez nuestras conexiones neuronales olvidasen el camino para reproducir este momento. Como si la memoria fuese tan frágil para perder el rastro de tantos olores, colores y sabores que invaden nuestros sentidos.
A pesar de esa sobrecarga sensorial, nuestros ojos se buscan tras el humo, como dos imanes surcando los límites del campo magnético. Sin poder decidir si dejarse atraer o mantenerse estáticos, frente a frente, aferrándose al roce del suelo y al viento que sopla desde la costa.
Ahí estábamos nuevamente, entre micheladas, al igual que las primeras veces; en realidad, como en la mayoría de nuestros encuentros. Ante esos labios de sal y merkén, ocultos tras la oscuridad de las calles de Providencia en las noches de primavera. Algunas gotas de mi vaso salpicaron sobre el borde de la hoja, como si quisieran adherirse a la tinta que se desplegaba a lo largo de los renglones. Inconscientemente, quería que atesoraras este instante tanto como yo lo haría en los próximos meses.
Más allá de la terraza del local, la ciudad puerto volvía a ser más ciudad que puerto. Los lugareños salían de sus trabajos y las desiertas calles poco a poco comenzaban a inundarse de autos con bocinas furiosas. Mientras tanto, los turistas dejaban atrás sus recorridos patrimoniales por las coloridas escaleras de los cerros y centraban sus esfuerzos en buscar panoramas nocturnos.
Grandes grupos de gringos jubilados con camisas transpiradas, lentes oscuros y mirada altanera anunciaban a gritos sus deseos: «Let’s go grab a drink!» Sus esposas, un poco más reservadas, se juntaban detrás de ellos a soltar tímidas risas. Qué aburrido debe ser el yankee love. «Ellos no distinguen entre te quiero y te amo; solo tienen el I love you», alguna vez me explicaste.
A tus espaldas veía una pareja chilena ebria de aproximadamente sesenta años. Reían a carcajadas, entre copas de vino y una chorrillana, desacomodados en sus asientos. Ella intentaba mantenerse erguida sobre el respaldo, pero el cansancio y el alcohol la hacían ceder. Tambaleaba su cabeza al ritmo de Macha y El Bloque Depresivo. Por el contrario, él se había rendido; sus pies ni siquiera apuntaban a los de su acompañante y su mirada parecía dirigirse al cielo lejano. Tenías razón.
En un ataque de risa, el caballero estuvo cerca de caer de su silla, recuperando el equilibrio tras aferrarse al borde de la mesa. Para fortuna de la dueña del local, ningún vaso ni plato resultó accidentado luego de ese desliz. Sin embargo, fui testigo de cómo un manojo de llaves cayó desde su bolsillo al suelo, silenciosamente, producto de la música que seguía colmando el ambiente. Parecieron no percatarse; probablemente, ambos las vieron y decidieron ignorarlo.
Creo no creer en religiones, pero sentí cómo el pecado capital de la envidia se adentraba en mi pecho, por obra y gracia de tu santo nombre. Quizás en ese momento yo también quería que mis llaves cayeran al suelo y nunca más aparecieran. Deseaba extraviarlas, perder el último bus a Pajaritos y olvidar mi camino a casa, que no nos quedara más opción que pasar una última noche juntos. Balbuceaba preguntas e inseguridades, sintiendo a la aguja de los minutos estrechar el nudo que se formaba en mi garganta.
Nunca fui bueno para las despedidas. Faltando un párrafo para terminar tu carta, te dije que no iba a alcanzar, que prefería hacértela llegar después. No puedo afirmar que no mentí, sería incurrir en una doble mentira, puede ser que con mayor agilidad hubiera alcanzado a concluir esas líneas.
Semanas pasaron y el tiempo me permitió darles sentido a ciertas cosas. Ahora entiendo por qué no te di la carta, por qué el rollo Kodak que compré para el viaje todavía descansa dentro de mi cámara con varias exposiciones disponibles, por qué en el terminal nunca dije “chau” ni “adiós”, solo “gracias”. No estaba listo para una despedida y, siendo sincero, quizás nunca lo esté.
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