Tu ausencia
Es mi luto más grande,
la muerte más dolorosa,
el entierro más triste.
Así se siente todo desde que te fuiste.
Así se siente tu partida.
Así te siento a ti:
como alguien
que ya no pertenece a este mundo,
como un nombre
grabado en una lápida
que todavía me niego a visitar.
Dime cuántas veces
me tengo que morir por ti.
Y no lo digo de manera romántica.
Lo digo porque vivir sin ti
se parece demasiado a sobrevivir
después de una tragedia.
Han pasado tres meses de tu funeral.
Noventa días.
Noventa amaneceres
despertando con la misma noticia.
Noventa noches
acostándome con el mismo cadáver en la memoria.
Noventa días
intentando aceptar
que ya no estás.
A veces tu recuerdo pesa más que otros días.
Hay mañanas
en las que apenas susurras
dentro de mi cabeza,
como un fantasma cansado.
Pero hay otras
en las que llegas haciendo ruido,
derribando puertas,
rompiendo ventanas,
arrancando de golpe
todo lo que creí haber reconstruido.
Y entonces
vuelvo a verte.
En cada calle.
En cada canción.
En cada conversación
que no tiene nada que ver contigo
y que termina llevándome a ti.
Es absurdo.
Porque sé
que sigues respirando en alguna parte.
Sé que tu corazón
continúa latiendo.
Sé que el mundo
no te enterró.
Pero mi mundo sí.
Mi mundo
te vio bajar lentamente
a una tumba imaginaria
y desde entonces
no ha dejado de lanzar flores sobre ella.
Te lloro
como se llora a los muertos.
Con esa impotencia horrible
de no poder traerlos de regreso.
Con ese dolor estúpido
de seguir esperando algo
que jamás ocurrirá.
A veces quisiera
arrancarte de mi memoria,
sacar cada recuerdo con las manos,
aunque me dejara las entrañas abiertas.
Porque duele demasiado.
Duele encontrar
versiones tuyas en todas partes.
Duele
escuchar tu nombre.
Duele
recordar tu voz.
Duele
recordar quién era yo
cuando estabas aquí.
Y sobre todo,
duele aceptar
que una parte de mí
se fue contigo.
No la mejor.
No la más fuerte.
La más viva.
Desde que te fuiste
camino por los días
como quien recorre un cementerio.
Hablo bajito.
Sonrío poco.
Y cargo flores invisibles entre las manos.
Hay algo
enterrado dentro de mí.
Algo
que no termina de pudrirse.
Algo
que se niega a descansar.
Porque los muertos descansan.
Pero tu recuerdo no.
Tu recuerdo
sigue respirando
debajo de la tierra,
golpeando la tapa del ataúd,
llamándome por mi nombre
en mitad de la noche.
Y yo sigo aquí,
escuchándolo.
Noventa días después.
Noventa días después
y todavía no aprendo
a vivir con esta ausencia.
Porque tu ausencia
no parece una despedida.
Parece una muerte.
Y lo más cruel de todo
es que nadie entiende
cómo puede doler tanto
alguien que sigue vivo.
Nadie entiende
que te marchaste si morir
y dejaste una devastación
mucho más grande que cualquier funeral.
Porque al menos a los muertos
se les puede visitar.
A ti no.
A ti solo puedo enterrarte
una y otra vez
dentro de mi pecho,
cada mañana,
cada noche,
cada vez que recuerdo
que sigues existiendo
en algún lugar del mundo
y aun así
ya no estás
Porque yo no necesito tu muerte
para vestir de luto.
Tu ausencia fue suficiente.
Tal vez,
después de tu funeral
Todos sepan
que el muerto no has sido solo tú.
Y quizás entonces,
al borde de tu tumba imaginaria,
sea yo
quien por fin
descanse en paz.

Fer
Nunca aprendí a domar la nostalgia de este cuerpo adicto a tu ausencia. Rezo por tu ternura y repito tu nombre como un padre nuestro fúnebre frente al vacío.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in