El demonio, inmóvil entre las sombras,
respira el azufre que aún flota en el aire,
rodeado de cenizas que ya no duelen.
No hay lamento en su pecho,
solo una furia tranquila,
la que nace cuando por fin se ve la verdad sin miedo.
Recuerda al ángel —ese disfraz de pureza—
que lo tomó entre sus manos con falsa ternura,
solo para clavarse en su alma como espina.
Le ofreció paz,
y le dejó guerra.
Lo quebró con palabras,
lo culpó de sus vacíos,
lo cargó con sus propios demonios
y luego huyó,
como cobarde que teme su propio reflejo.
Pero ya no duele.
Ahora arde distinto.
Porque el demonio entendió:
no fue amor,
fue veneno con alas.
Y si alguna vez el cielo le pregunta por ti,
responderá sin temblar:
fue un error que ya no arde.
Solo ceniza.
Y yo, por fin, soy fuego que no se deja apagar.
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