En el sur del mundo, donde el viento es ley,
hay islas que gritan lo que fuimos y seremos también,
pedazos de patria que el mar quiso abrazar,
pero nunca en la historia se dejaron de amar.
Malvinas, nombre que duele y hace arder,
que vive en la sangre y no se va a perder,
porque no son tierra que se pueda olvidar,
son parte del alma que aprendiĂł a luchar.
Con frĂo en los huesos y miedo en la piel,
marcharon valientes sin saber volver,
jĂłvenes manos que en vez de soltar,
se aferraron al suelo que juraron cuidar.
No hubo promesas de gloria o de honor,
solo el deber latiendo en su interior,
y en cada disparo, en cada temblor,
se hizo más fuerte el amor por la nación.
Las noches eran largas, el silencio brutal,
cartas sin destino, palabras sin final,
ojos que al cielo querĂan mirar,
buscando un hogar que no podĂan tocar.
Pero nunca cayeron del todo al dolor,
porque en cada paso llevaban su honor,
y aunque el tiempo intente hacerlos callar,
hay nombres que el viento no puede borrar.
Hoy la bandera flamea por ellos también,
por los que quedaron, por los que ya no ven,
por cada latido que supieron dar,
por esa Argentina que quisieron cuidar.
Malvinas no es solo memoria y dolor,
es lucha, es historia, es fuego y es voz,
es un grito eterno que no va a ceder:
son, fueron y siempre… argentinas van a ser.
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