Rostros incoloros imaginan la meta en una carrera infinita, detenerse para respirar resulta un lujo cuando hay una vida por solucionar —la solución, en sí, no existe— afectados de ceguera de lo valioso para el alma, desapercibido en pistas; huellas de lágrimas, sonrisas genuinas, canciones en bucle, pieles saladas, perfumes mnémicos.
No hay prisa pero pareciera que la hubiese, frenar es un error porque se te adelantan —¿Importa eso?—, te chocan, te tiran al suelo y continuán pisándote. Porque nadie pensaría en frenar, solo estar por encima —¿De qué?— se visualiza más seguro. Así que se apuran, buscan llegar lo antes posible —¿A dónde?—, antes que los demás —¿Quiénes?—.
Escribo para pausar la carrera y no desviarme del camino. No importa llegar tarde.
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