Flores del jardín I
Jul 10, 2026
Hubo un tiempo en que el mundo parecía detenerse para contemplar el milagro. Bajo los extensos y dorados rayos del sol, crecían sin prisa las más hermosas flores; cada una de ellas era una promesa de vida, todas bellas, todas intactas, suspendidas en una eterna juventud.
El tiempo allí no era un enemigo, sino un aliado que transcurría lento. Las flores disfrutaban de la brisa tibia del otoño y se regodeaban bajo el cobijo del sol de verano. Vivían despojadas de preocupaciones, libres de presiones; la existencia era un lienzo tan simple, tan hermoso... tan perfectamente puro.
Pasaron meses, y luego estaciones enteras, pero ellas permanecían inmutables, como si el desgaste de la tierra no pudiera tocarlas. Parecía que nada en este mundo tenía el poder de quebrarlas.
A veces, el viento soplaba con una ferocidad salvaje, balanceándolas con fuerza de un lado hacia el otro, amenazando con arrancarlas del suelo, pero jamás lograba derribarlas.
El secreto de su fuerza no estaba en sus tallos, sino en sus raíces. Estaban plantadas una al lado de la otra, entrelazadas en un abrazo subterráneo, demostrando que en su sagrada unidad eran verdaderamente imparables. Así, cuando el viento soplaba y soplaba, lo que parecía una amenaza se convertía en música. El vendaval las hacía danzar en un compás perfecto de ida y vuelta.
Pasaron las estaciones, corrieron los años y los años, y ellas continuaron allí, suspendidas en su danza eterna. Parecía que nada terrenal podía corromperlas, perfectas e invencibles en su unión. Ajenas a todo mal, bailan sin parar; pintando recuerdos e iluminando el paisaje con su hermosura, celebrando la dulce ilusión de que el invierno nunca llegaría.
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