Start writing for free on quadernoNicolas
Los caballos se acostaron al costado de la pradera.
Dejaron de correr sin que nadie se los pidiera.
La casa ardía casi que competía con el sol,
los yuyos cayeron uno tras otro, como domino.
El suelo quedó más negro que el negro,
más quieto que el silencio.
Yo y mi sombra era la única que no cambió de forma.
No moví un dedo.
No grité.
No busqué ni a nadie.
Solo miré.
Y en ese mirar entendí,
que es mejor
no hacer nada.
Quedarse.
Ser testigo y dejar que el fuego sea fuego.
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