Caminaba, desnudo, por el parque,
los árboles susurraban secretos sin nombre,
la vi, incompleta, rezagada,
una belleza única, inigualable, hipnotizante,
el electrizante aura que de sus labios desplegaba,
aromatizando el desabrido ambiente urbano.
Nadé en su interior, buscando, quizás, lo inescrutable.
Repentinamente, sin campanadas ni sirenas,
su columna vertebral cedió bajo divinos pies, incansables.
La abracé, intentando cerrar sus densas heridas,
sus ojos lloraban sangre, angustia, miseria,
al tocarla, la sentí, más presente y vital que nunca,
renaciendo, sin dudas, en otro plano astral.
La materia física pero invisible, viajando,
tocando el polvo de estrellas, a la velocidad de la luz,
se estrelló, como un meteorito, una y otra vez,
a veces viva, a veces deshabitada, a veces simplemente en el limbo.
Tantas realidades, Schrödinger, y en ninguna conmigo.
¿Acaso existo más allá de aquí? ¿Acaso
(soy)
somos reales?,
¿somos infinitos o limitamos con nosotros mismos?,
¿existe un creador o nos moldeamos por nuestra cuenta?
a base de arcilla y barro,
si existe, ¿por qué se fue ante la tragedia y, si no, cómo es aplicable la existencia de tanta belleza que de su alma desprendía?
Me suspiró sus últimas palabras, "amor", y cayó,
rendida ante mis lágrimas, saladas como el océano.
Entonces, lo sentí
(entendí)
había fallecido yo también, marchito, abrazado.
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