Miércoles. 19 de noviembre. Tres minutos para las ocho de la noche. Salgo de casa y camino hasta la esquina, la misma calle de tierra en la que antes jugaba y me pelaba las rodillas. Tenía una bici Fiorenza con cambios en la que luego de dar la vuelta a la manzana cuando entraba por la avenida tomaba está misma calle y sentía la adrenalina en la boca del estómago al bajar a toda velocidad por la loma natural que tenía. 32 años y sigue sin pavimentarse. Ya no hay adrenalina. Voy caminando y la lomada ya no existe.
A 35 metros de casa veo tres gatos en modo de acecho. Siempre me resultó muy interesante ese lenguaje universal que comparten los animales que sin hablar pueden transmitir exactamente y con precisión quirúrgica sus intenciones. Por otro lado, nosotros supuestamente bendecidos con el "don" de la consciencia y las palabras, la mayoría de las veces no logramos comunicarnos efectivamente y provocamos los peores malentendidos y enredos. Pero mi tren de pensamiento está descarrilando, como la línea sarmiento hace unos dias. Volvamos.
Asisto a una escena de renacentismo accidental: los gatos están dispuestos como Leo cuando pintó la última cena. Entre la basura y el pasto, dos observan agitando la cola a ambos lados de uno que se asoma por el centro emergiendo de la oscuridad desde el fondo de la cuneta seca manoteando en el aire, intentando atrapar una luciérnaga.
¿No es un poco eso lo que hacemos nosotros todos los días también? Salir de las profundidades a intentar con manotazos de ahogado atrapar una luz, por más diminuta que sea.
En mis auriculares, Chano me advierte, casi en tono profético: "Ya sabemos cómo es el corazón; quiere lo que quiere cuando quiere o nos lleva a la desesperación. Se avecinan tempestades. Lloverán mil días hasta que regreses vos."
Voy a tomar el colectivo mientras disfruto de la brisa fresca, prácticamente un milagro en esta época del año, tan cercano al diciembre rioplatense. No soporto la idea del verano.
Después de un brevísimo viaje, bajo en ruta 4 para trasbordar. Paso por el puente peatonal que siempre me causa una mezcla de risa y bronca porque está construido como el orto. Tiene una columna de unos 45-50 centímetros en medio de la rampa de acceso y además es muy empinado, por lo cual si tenés movilidad reducida, te cagás. Es imposible pasar con una silla de ruedas y muy incómodo para entrar con muletas. Una maravilla de la obra pública municipal.
Todos los días cuando bajo del bondi donde termina el recorrido, hay un muchacho que baja también. Somos los únicos dos -además del chofer-que van hasta el fin del trayecto. Yo subo el puente peatonal, él cruza caminando entre los carriles de la ruta y siempre llega antes al otro lado, a veces pierdo el bondi por esto.
Esta situación recurrente sirve como una metáfora de la vida: mi programación me impide usar atajos para llegar a dónde quiero, mientras todos los demás llegan a como dé lugar. Una vez vi una familia cruzar entre los carriles de la ruta literalmente por debajo del puente, la mujer le iba pasando sus niños por encima de la división de la ruta a su marido. Mientras tanto, un perro callejero sube el puente para cruzar seguro al otro lado. Yo siempre uso el puente porque si un auto me atropellara, el seguro no cubre al conductor, pues para algo están los puentes peatonales.
Subo la cuesta del puente como Sísifo sube la montaña. Paro un minuto a sacar una foto de la ruta desde la altura del puente que me sirve de Atalaya, veo los autos pasar desde el punto de vista de un pájaro y medito mirando al vacío debajo, luces borrosas, flashes rojos y blancos en mí mirada de larga exposición. Pienso antes de que se me escape el próximo colectivo. Camus no se equivocaba cuando escribió "el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio. Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas." Hoy se habla mucho de libertad pero nadie quiere admitir que el único momento de auténtica libertad es cuando el hombre decide si su vida vale la pena ser o no vivida. Recuerdo el poema de Bojack "The View From The Halfway Down" sobre la vista desde la mitad de la caída. Hoy no. Como Camus, elijo el café.
Bajo apurado por la rampa del otro lado. Fotofóbico como siempre. Pero ésta vez mi astigmatismo me señala algo curioso, entre la heterogeneidad de tintes de las luces del alumbrado público, hay uno de los focos que por mí problema visual pinta sus rayos como una especie de huella dactilar. Probablemente un led de 5700 grados Kelvin.
Subo al 338, mientras apoyo la sube, noto el volante y el instrumental nacarado del bondi, contrasta con el resto de la tecnología pero no se siente fuera de lugar. Quizás sea mi sapo de otro pozo proyectándose de nuevo. El viaje hasta San Justo se sintió instantáneo mientras escribía.
Bajo en la rotonda, otro final de recorrido y camino hasta el supermercado. Compro 3 energizantes. Cuando Tánatos se digne a llevarme, nadie podrá decir que tengo el corazón pequeño, porque habrá ganado la hipertrofia cardíaca. También una barra de 15 gramos de proteína vegetal y galletitas, todo apto vegan. La cajera de pelo violeta de siempre me cobra, pago con QR, me da el ticket y salgo.
Camino y camino por San Justo pero faltan los personajes clave del horizonte nocturno. La calle se siente rara sin sus habitués. Tercer día consecutivo que no está la dama trabajadora de la noche, patrona de la diagonal frente a las vías. Lanzo al aire mi más sincero deseo de que haya conseguido algo mejor y no le haya pasado nada. Tampoco está la familia de malabaristas de la calle ombú. Ni el muchacho al que siempre le pido permiso para pasar como funambulista por el pasillo de apenas 40 centímetros en una vereda completamente vallada por una obra en toda la cuadra. Ni el gato naranjoso que suele habitar el auto abandonado frente a la estación de servicio.
Paro en un banco a terminar de escribir mientras hago tiempo, llegué más de media hora antes al laburo. Compro un cuarto de helado de limón y uva al agua como regalo, después de todo hoy es mí día. Feliz día del hombre. A pesar de que los hombres solo recibimos flores y amor incondicional únicamente cuando estamos en el cajón. Me voy a trabajar a la metalúrgica. Quéselevahacé.
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