Cuando uno es pequeño, ciertamente, tiene las convicciones más firmes. Quizá se trate de una consecuencia directa de la «estrechez» de ideas, y con esto no busco subestimar a los niños; hago alusión a la cantidad de sus ideas, no a la validez de éstas. En otras palabras, como hay menos ideas, las ideas que hay se defienden con los dientes. Si se decide no sentir, no se «siente»; si se decide no hablar, no se «habla»; y si se decide matar... se «vive». En el propio acto, fruto de la idea, hay certeza, porque la idea es la que le otorga certidumbre al acto mismo de vivir.
Los preceptos que erigen a un individuo que todavía se encuentra en sus primeras etapas de desarrollo, al ser aun relativamente maleables, desplazables, o reemplazables con facilidad, son propensos a ser modificados (y elegidos y hasta elogiados) si se alcanza el grado crítico de abstracción y desensibilización. En un instante en el que todo se ha perdido, a través del rodeo de un ademán (psíquico) desesperado, es posible construir toda una personalidad e, incluso, toda una existencia sobre un principio categórico. Sólo es necesaria una idea que «justifique» la propia vida.
Luego, encontramos el impacto de estas convicciones individuales en el tejido social, es decir, en los diversos fenómenos que lo constituyen. Como si implícitamente se persiguiese un equilibrio: «una no habla nada pero lo dice todo, y la otra habla todo pero no dice nada».

NN
Les voy a ser honesto. Vengo escribiendo hace años, pero sin compartir nada. Últimamente siento las piernas cansadas, pesadas... Me cuesta dar los "pasos". Por eso decido correr.
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