No me molestan las preguntas, lo que me molesta es esa obligación de responderlas, como si cada palabra que dejo escapar llevara mi sombra pegada. Me gusta ser un paréntesis entre las multitudes, un error tipográfico en la mirada ajena. Y sin embargo, ahí están, los ojos, clavados como chinches en mi espalda, perforando el silencio que me invento cada mañana.
Debe ser por eso que alzo esta muralla de frases cortas y sonrisas de compromiso. No es desprecio, es defensa. Hay algo —alguien, quizá— adentro que tiembla cuando otro se acerca con intención de quedarse. Fantasmas, les digo, pero no tienen nombre ni forma, sólo la costumbre de acechar.
A veces me animo y golpeo de vuelta. Una frase dicha sin temblar, un gesto, una mínima grieta. Pero no dura. La pelea es desigual y la lona ya conoce bien mi espalda. Nocaut técnico, sí, lo admito, pero hay algo —una punzada, una chispa— que todavía se retuerce y se alza. Mi resiliencia es un boxeador flaco y obstinado. No va a ganar hoy, ni mañana. Pero guarda el golpe justo. El que no se ve venir. El que cambia todo.
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