El tiempo va pasando casi inapelable. Las distancias recorridas en la cancha no tienen sorpresa. Los lugares son parecidos. El sonido es un murmullo ajeno a mi. El reloj muestra números que avanzan como una soga que quizás me salve, llega a su límite estipulado por el propio juego pero inmediatamente, y sin alarmar a nadie, vuelve a desnutrirse una vez más, y a empezar casi desde cero.
Siempre levantando la cabeza, buscando ese número 10 al cual darle la pelota pero sin encontrarlo. Todos lo buscan, nadie lo encuentra. La pelota nos dura poco en los pies, y el rival se ríe de nosotros. No tienen mucha habilidad, ni mucha experiencia pero nuestra herida imparable les basta para dominarnos, para dilucidar quién nos dará la estocada final que perversamente ningún jugador va a ejecutar. Salí de la cancha para observar esto y me puse a escribir. Una extraña lucidez me hace expresar este tormento mientras el partido sigue. Parece nunca detenerse. No se que es real y que no del todo.
Desde que se fue no hago otra cosa que jugar contra Bulgaria y recorrer de punta a punta los márgenes de ese estado emocional que sentimos todos en ese tercer partido de la fase de grupos, del mundial 94´.
La tristeza no es unidireccional. Nunca se está triste por una sola cosa. Si puede haber un disparador, pero luego, las emociones se emancipan del razonamiento y ese disparador gana adeptos en nuestra mente. Teje alianzas con otras tristezas. La lógica parece entonces un invento descarado. La tristeza se expresa en ríos estancos de lágrimas, y si uno no lo ignora, se convertirán en mares que brotarán de nuestros ojos.
No digo que uno no pueda estar triste, llorar, por un solo motivo. Pero incluso en esos casos, esas tristezas del pasado que uno carga empujarán a aquella que nos toma por completo en el presente, para sentirla como nunca. El cuerpo humano y todos sus componentes nos igualan más allá de nuestras personalidades, para desgracia de aquellos autócratas del pensamiento, la mayoría de clase media.
A veces uno llora por algo y se sorprende por cómo lo entristeció ese algo. Esa sorpresa lleva escondida la sospecha de que en realidad lloramos por otras cosas también. Ese “algo” fue el disparador, el que abrió la puerta para expresar todo lo que nos duele en el interior.
Ese número 10 que en vano buscamos en la cancha para darle la pelota produjo algo diferente. A la vez que no hallo otro motivo para estar triste que no sea recordar que no está físicamente empiezo a sacar de adentro viejas tristezas, nuevas tristezas. Su efecto, siempre único, vuelve tridimensional su ausencia y la tristeza que tengo. Multiplica la introspección. Me lleva a un precario bunker mental en donde intento corroborar si todo es verdad, si todo es mentira, si estoy actuando bien y si estaré a la altura de semejante acontecimiento.
Me llaman. Extrañamente voy a volver a la cancha. Me preparo y respiro con cierto optimismo. Elongo tímidamente tratando de darme fuerzas físicas. Recibo las indicaciones. Miro concentrado la cancha y donde voy a pararme. Me dan la señal. Entro corriendo para posicionarse, creo que esta vez lo voy a encontrar. Si, voy a hacer lo que necesitamos. Se la voy a dar y vamos a dar vuelta este 0-2. Hoy no podemos perder.
Te extraño Diego. Todos los días.
Marco Maldonado.
Marco Aurelio Maldonado
Soy periodista. También escribo guiones para producciones audiovisuales, me gusta editar y filmar. Tengo un canal de YouTube de humor junto a mi compañera, les dejo el enlace 👇
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