Llegada la luz, presencié sonsacado por un viento tibio como la noche se acostó flameante al renacer del beso profundo. Ni una pluma conseguía el suelo, pues todas eran del ojo azul, fuerza que mas mira; todo vuelo, de la tragedia que vence, del brillante dolor. Sin piedad, resonaba el choque de las potencias en la herida de las piedras, invitando al suspiro de la arena blanca y la nube, y avivando el refresco de los prados fascinados.
Sobre esta inmensa savia, aire de éxtasis cercano a mi más extrema forma, como los pájaros se unían o separaban, jugaba la rebeldía de la fragilidad. Sensible detalle, pues apropiadas las sales de la última cerrazón, se salpicaba todo en el flujo coqueteante de lirios y violetas, o de orquídeas y rosas labios.
De un estruendo se hizo el cielo presente, y la tierra, con un pálpito ansioso, anunció la llegada del hambre.
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El sentido estaba resguardado en el temblor de las cuevas y los volcanes como doncella agazapada.
Y ya para el mediodía, soleado festín, la idea bailaba en la delicia roja.
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