El duelo es algo loco de interiorizar.
Un día estás conversando con tus amigas en un bar, martes a las seis de la tarde tras salir de la oficina. Cervezas, pizza y música tan alta que no deja conversar con normalidad. Entre gritos y humo de cigarro, te ríes de tus desgracias, pensando que quizás… solo quizás, lo tuyo con él no fue para tanto.
“Menos mal saliste de ahí.”
“Sé que ahora no lo ves, pero te hizo un favor.”
“No te merece.”
Un discurso que grabas en tu mente como un mantra, como algo tan evidente que te sientes estúpida por no haberlo visto antes. Y así, segura de ti misma y algo ebria, tomas el transporte público hasta tu casa. Convencida de que, en efecto, fue para mejor. Sí, lo fue.
Sin embargo, en el camino, toda esa confianza y amor propio se va derritiendo entre pensamientos, recuerdos y oleadas de nostalgia. Como si no fuera suficiente, la vida quiso poner a prueba todo ese "falso" ímpetu, y de tus audífonos sonó aquella canción. Eso bastó para que la armadura —de algodón, porque nunca fue de hierro— se derrumbara entre sollozos silenciosos. Y nuevamente, volvimos a cero. No, a menos uno.
Creo que todo este proceso de descubrimiento ha sido un recordatorio de que muchas veces las cosas no son, o más bien, no se sienten como deberían sentirse. No me siento aliviada porque terminó, mi ego no irradia una confianza enceguecedora, y tampoco pagué una suscripción al gimnasio para que vea de qué se perdió. Simplemente lloro, escribo y vuelvo a llorar.
¿Y saben qué? Está perfecto.
Dentro de esta transición que ahora parece incierta, nunca había conocido tantas partes de mí. Si no me hubieran roto el corazón, jamás me habría atrevido a mirarme al espejo con sentido de realidad. No desde la compasión, sino desde el saber que sí: esto va a doler, y va a doler mucho, pero estaré bien. Ese estaré bien es mucho más poderoso que cualquier frase que me hayan dicho con ánimos de consolarme.
Estoy profundamente agradecida por las cátedras exhaustivas entre amigos, los consejos profundos de familiares e incluso por las frases cliché de redes sociales. No obstante, nada es más poderoso que el estaré bien. Porque te invita a sentir, abriéndote las puertas a la experiencia abrumadora del tormento; saca a flote tus mayores miedos, inseguridades y falencias. Y no, no es una panorámica linda de ver, mucho menos de sentir. Pero quien ama, inevitablemente, también sufre. Es el precio injusto que hay que pagar, pero también, la definición misma del sentir humano.
El estaré bien es una cachetada firme, directa, que te hace tambalear; precisamente por eso, es tan poderosa. Porque te desarma y te invita a recoger los pedazos, permitiéndote contemplar cada una de las fracturas, incluso a riesgo de cortarte en el proceso. Es una pataleta inmadura, un llanto sobre la leche derramada, un ir y venir mil veces para llegar al mismo punto.
¿Y saben qué? Aún así, estaré bien.
Porque no hubo montañas sin cataclismos, como tampoco hubo ríos caudalosos sin lluvias torrenciales. No hay vida sin muerte, ni entendimiento del bien sin su antítesis: el mal. No hay sabiduría profunda sin la cicatriz de un error y tampoco risa escandalosa, sin llanto desrregulado.
Y es precisamente por eso —por todas esas contradicciones que trae la vida— sé que estaré bien. Aunque hoy no lo sienta, y mañana tampoco. Porque no se trata de estar bien ahora. Se trata de saber, en algún rincón del alma, que un día lo estarás.
Y esa simple noción, aunque frágil, me sostiene...porque sé que estaré bien.

Invierno Cálido
Hola, solo quería un espacio para desahogarme y leer a más personas en la misma sintonía. Somos yo y mi cabeza.
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