Desnudo y sufriendo sus entrañas, rompió con los dientes la jaula de huesos pajizos que lo encarcelaba. Se arrastró hasta llegar a un extenso charco rojizo que poco a poco se convertía en cuajo y se observó reflejado: no recordaba su nombre, o el conocimiento de tener nombre, no sabía su procedencia, ni siquiera recordaba haber tenido cuerpo.
La impresión de existir le caló hondo. Usó sus alargadas uñas para tomar una nota acostada sobre un cuerpo, y la llevó hasta lo que se podría describir como unos ojos. Lo que eran palabras en español las percibió como garabatos lineales, con algún sentido a descubrir. Pronto, recordó «Todo ha salido mal. Por favor, perdóname».
Ignorante de sí, el hambre dictó ley y por instinto engulló de un bocado el cuerpo. La carne humana le hizo entender algunas cosas.
Una embocadura interna daba a un pasillo y, al fondo, una ventana abierta intranquilizaba con el abismo de la noche. Se acercó y extendió los brazos con intención de disipar la luna, pero para su tristeza no lo consiguió y, al intentarlo, cayó de la ventana al mar.
El agua le quitó tierra, sangre, y lo envolvió sin juicio en la más negra espesura. Hundido, creyó recordar: pertenecía a un pueblo, a una madre, al olvido y a la memoria. Era, había sido, tal vez fue.
Subió a tierra y guiado de esas imágenes llegó hasta una aldea. Allí observó cómo las personas se paraban, se movían y qué hacían con la boca al hablar: escuchó a una pareja que se bañaba en declaraciones de amor. Aquello lo obsesionó a tal punto que aprendió más de ellos que del resto.
Emocionado, moldeó su cuerpo hasta darle una figura humana a base de golpes, vistió la desnudez con prendas ajenas que se secaban en una soga y, cuando ya se sentía humano, quiso vivir entre las personas.
Entonces lo vieron, y lo natural fue retroceder uno o dos pasos: era deforme, grande, la piel no tenía el color correcto, sus proporciones estaban mal. Pero se quedó quieto. No atacó. No hizo ningún movimiento amenazante. Pero eso organizó lo que vino después: le arrojaron piedras y agua hirviendo, lo escupieron y golpearon en grupos grandes, y él, recordando aquella pareja, les decía: «Te amo», reiteradas veces, sin entender bien qué significaba.
—Está llorando el monstruo —decía un señor y todos comenzaron a reírse.
—¡Sí, está llorando el monstruo! —repetía el pueblo.
El volumen subió. La frase se volvió un canto. Alguien le clavó un rastrillo y comenzó a rasgar. Otro le apoyó una antorcha sobre los labios.
—Te amo —golpes—, te amo —golpes—, te amo —golpes—, te amo —golpes—, te amo —golpes.
Cuando las personas agotaron sus intentos, se levantó para regresar. Cruzó nadando el mar, subió al palacio y llegó hasta una jaula de huesos pajizos, parecida a un tórax. Allí se vio abrazado a un corazón y en una hoja escribió: «Todo ha salido mal. Por favor, perdóname».
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