bajo el palio de una bóveda forestal que parece haber sido erigida por deidades olvidadas, el alma se sumerge en una embriaguez de afectos que espejan la complejidad del soto. no existe en su pecho una calma trivial, sino una efervescencia romántica que se asemeja al despertar de los brotes bajo el sol del solsticio, una fuerza telúrica que empuja con la misma determinación con la que las raíces perforan la roca para alcanzar el frescor de la napa. sus sentimientos son una forestanía de pasiones, un ecosistema donde cada anhelo es un árbol centenario cuya copa busca, con una anhelanza infinita, el roce de un cielo que solo en la mirada ajena encuentra su azul definitivo.
la devoción que profesa no es un rito vacuo, sino una liturgia de entrega absoluta, similar a la forma en que el rocío se sacrifica sobre el pétalo de la orquídea silvestre al despuntar el alba. es una veneración inextinguible, un culto que halla su santuario en la penumbra de los senderos flanqueados por helechos arborescentes y líquenes de un verde eléctrico. en la quietud de este paraje, la intensidad de su amor se manifiesta como una fulgurancia entre la espesura, un fuego fatuo que no quema, sino que ilumina los recovecos más recónditos de una identidad que se ha rendido, por voluntad propia, al cautiverio de un afecto soberano.
cada fibra de su ser vibra con la concupiscencia del viento que acaricia las copas de los fresnos, transformando el susurro del ramaje en un cántico de adoración perpetua. existe una abnegación mística en su forma de querer, una disposición a ser bosque, a ser tierra y mantillo, con tal de nutrir la existencia del otro. la belleza de lo amado se le revela como el hallazgo de un manantial de aguas taumatúrgicas escondido tras una cortina de hiedra: un milagro cotidiano que exige un silencio reverencial y una gratitud que desborda los límites de la palabra.
su pecho es ahora un reducto de sombras fértiles y luces tamizadas, donde el romance ha echado raíces tan profundas que el dolor y el gozo se entrelazan como lianas en un abrazo indisoluble. esta pasión no conoce el otoño; es una primavera perenne alimentada por la savia de una entrega que no pide retorno, pues en el solo acto de adorar, de contemplar la arquitectura de ese bosque interior compartido, encuentra la exégesis de su propia vida. es, en esencia, un peregrinaje hacia el centro de una espesura sagrada, donde el corazón ha dejado de pertenecerse para convertirse en el eco eterno de una devoción que no sabe, ni quiere, hallar el camino de regreso.
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