Le hablé a la pared. No recuerdo si el cielo de aquella noche se encontraba nublado o si se podían observar las tenues estrellas —ensombrecidas por lo lumínico— nadar en aquel ancho mar; sin embargo, sí recuerdo el silencio que habitaba sobre mi pecho y la angustia que subía por las vértebras de mi espalda.
Entonces, y como si de un anodino insensato pareciese, comencé a conversar con la pared. Ella me miraba, silenciosa, mientras todas mis emociones golpeaban su blanca pintura. Mis dedos rozaron lo rugoso de su material, buscando oquedades y grietas para sentir algo de humanidad. Humanidad que, como comprenderás, sólo poseen los corazones bañados en esperanza y humildad.
Le pedí que hablara, que lo hiciera por mí.
Pero nada. La falta de ojos se clavaba en mi retina. Sabía que podía oírme, pero no quería hacerlo.
“¡Maldita pared!” Pensé en decirle. Pero claro, ¿cómo le explicas a la lámpara que la pared se hace la sorda? ¿Y a la puerta? ¿Y al suelo? ¿Y al…?
Decidí callar. Tragué saliva y callé; no obstante, y a mi pesar, el silencio comenzó a volverse ruidoso. El peso de la nada me arrebataba las lágrimas.
“¿Por qué no me escuchas?” le dije, finalmente.
Me perdí rápidamente, lo admito.
Pero seguía sin hablar.
Habla, por favor. Habla. Habla. ¡Habla!
Aquella noche decidí dormir en otra habitación. Esta tenía las paredes pintadas de azul. Ni era muy suave, ni era muy llamativo. Simplemente azul.
No pude pegar ojo aquella noche.
No pude pegar ojo ninguna noche a partir de aquel día.
Aquella pared no tenía alma,
y jamás pudo escuchar
mis súplicas
abruptas.
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