Hace un tiempo escribía frente al mar en un cuadernito que llevo siempre en el fondo de mis mochilas:
El segundo día duele más, pero el tercero empezás a sanar.
Casi un poco más dos meses desde ese tercer día. Y, honestamente, mentiría al decir que el proceso de sanar fue lineal. Llevó muchas tardes de caminar y caminar y caminar. Noches de no querer comer. Mañana de no querer despertar. Pero desde el tercer día dejé de contar.
13134 días pasaron desde que respiré por primera vez. En 15 días serán 36 vueltas al sol. Nuevamente, mentiría al decir que no me arrepiento de algunos días. Pero prefiero agradecerme siempre por cada tercer día. Estoy agradecido, también, de cada segundo día por más doloroso que haya sido, por más de que probablemente pensé que no encontraría la manera de reconstruir cada pedacito de nuevo.
Dicen que hay lugares en donde un pequeño fragmento de nuestra alma se desprendió. Allí donde sentimos que una parte nuestra moría. Allí donde toda nuestra historia de risas y lágrimas se escribió como capítulo. Tengo algunos, y los honro. Como honro cada nombre que marcó mi corazón.
El dolor más grande es no saber quién sos. Es confundirte con tu herida, es confundirte con esos fragmentos de alma arrojados al destino. Es creer que sos toda tu historia. Es creer que el segundo día duele y dolerá eternamente.
Soy una mezcla de muchas y contradictorias partes. Soy mi historia pero también soy mi futuro. Y soy esta enorme fuente de dulzura y sensibilidad que nunca se detendrá ante el miedo a desaparecer en la madrugada del tercer día. Porque soy la noche pero también soy el amanecer. Soy la sonrisa que surge pura en el medio de la angustia. Soy la pulsión de vida que resurge potente y no permite que la muerte gane la batalla.
No te puedo enseñar a vivir, nadie enseña. Pero ojalá este espejo te regale más días.
Migue escribe cosas.
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