Volví al pueblo,
con miedo de subir a ese colectivo,
de doblar esa esquina
con el corazón en la mano,
inquieto por la chance de que aparezcas.
No estabas.
Has desaparecido,
como si el aire se hubiera llevado
todo rastro tuyo.
Quise abrirme a otras almas,
pero no estoy lista,
la soledad me envuelve
y aún te nombro en silencio.
No dejo de quererte,
esa es mi actual condena.
Algún día volveré a verte,
a menos que tus ojos rehúyan
como huye la ropa olvidada,
ese buzo favorito,
ese libro que todavía guarda
mi nombre entre las páginas.
Mejor no preguntar,
mejor dejar correr el tiempo cuál río.
Quizás ya no viajes en colectivo,
y por eso no te encuentro.
Quizás aquella mirada de soslayo
fue el último puente,
el último instante
en que tus ojos hermosos
me dijeron adiós
sin saberlo.
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