Cuando hablan de alguien y dicen “es una persona equilibrada” , imagino a alguien que hace todo lo que se espera, que tiene los cajones ordenados y la ropa separada por colores, alguien que jamás se sale de las rayas de las baldosas, que camina derechito, en línea recta.
Equilibrado, la balanza no se inclina para ningún lado porque cada platillo tiene la misma cantidad y está todo calculado. Equi-distante, a la misma distancia, equi-valente, el mismo valor.
A mí se me da muy mal la cuestión del equilibrio. No puedo caminar como los equilibristas del circo sobre una cuerda y no caerme. Pongan la red, por favor, porque al primer paso me caigo. Me parezco más a una montaña rusa, a veces siento vértigo estando sentada y otras me siento segura en la cima de la montaña.
Quizás el desequilibrio no sea tan malo. Tal vez requiera largarse a la pileta sin saber si está vacía o llena, acallar lo que dice la cabeza y seguir lo que dicta el corazón, llorar de alegría y reír ante el espanto. Los equilibrados me aburren un poco, son demasiado predecibles. Me gustan los que son como cajas de Pandora, llenos de sorpresas, los que hacen lo que nadie espera, los que se animan a cazar tornados, los que nunca tienen algo planeado.
Dejame así, impredecible, improvisada, impetuosa, imputable, impagable, impresionable, imparcial. imperfecta, impedida, imperdonable.
Dejame así, imposible que logre ser equilibrada.
Me gusta andar pensando en todo sin pensar en nada.
María José Rosa
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