El niño lloraba con el rostro escondido entre las manos. Las burlas de los demás aún le resonaban en los oídos; se reían de la forma inusual de su nariz, de sus facciones distintas, de su expresión. Para él, su cara era una condena.
—¿Por qué lloras, niño? —preguntó una voz pausada.
Al levantar la vista, el pequeño vio a un hombre mayor de pie frente a él. Intentó mirarle a la cara, pero por más que esforzó la vista, los rasgos del anciano se perdián en una sombra densa e impenetrable, como si la luz se negara a tocar su cabeza.
—Se burlan de mí —asimiló el niño entre sollozos.
—¿Se burlan de ti? ¿Por qué?
—Porque soy feo —respondió el niño, bajando la cabeza con vergüenza.
La figura del anciano se inclinó apenas un poco hacia él.
—Yo puedo ayudarte.
Confundido por la propuesta, pero desesperado por dejar de sentir ese dolor, el niño suplicó sin pensarlo:
—¡Ayúdeme! Por favor... Haré lo que sea, diga qué tengo que hacer.
El señor no dijo nada más. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse con pasos lentos y pesados. Mientras se perdía en la penumbra, el niño alcanzó a escuchar un murmullo frío que le congeló la sangre:
—Niño estúpido... gracias por regalarme tu rostro. Me hacía tanta falta.
El pequeño intentó gritar, pero de pronto no encontró sus labios. Llevó las manos a su cabeza con horror: donde antes había ojos, nariz y boca, ahora solo quedaba una piel lisa y vacía. A lo lejos, el anciano se giró por última vez, luciendo en su propia cabeza la cara imperfecta, pero viva, que el niño acababa de regalarle.
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