La sonrisa solitaria, las miradas tímidas y el hablar de lo simple con tan amena tranquilidad, tamiza el ruido de fondo y marca el compás de una melodía que rodea todo en un armonioso espectáculo interno. El amor en simples gestos fragua en nosotros cuántas sensaciones inexactas se mantenían ocultas en el ser. Aviva las candentes maneras de pensar en lo que, alguna vez, hasta negamos su existencia: el otro como una fuente pura e infranqueable de regocijo para el alma.
Podríamos decir que nos sentimos en paz, pero encasillar este «todo» en la palabra «paz» es subestimar la esencia del encuentro entre dos, porque la esencia no es un simple estado fenomenológico que se pueda limitar para atenuar un caos. Es, también, el caos en sí, todo lo que se manifiesta dentro de lo sentimental, y que revoluciona constantemente su forma para lograr la unidad entre dos ethos.
La otredad se vuelve tangible cuando el uno se encuentra con la tendencia de abandonar toda mezquindad, para florecer en lo ajeno, y que lo ajeno eche raíces en su idiosincrasia. No basta con la mera percepción -superflua e irreflexiva- de esta tendencia para alejarnos de nuestro ensimismamiento, sino que debemos ser conscientes del propio ser-en-el-otro, así poder abrazar lo que el encuentro trae consigo.
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