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Enamorarse con los pies sobre la tierra

Jun 1, 2026

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Enamorarse con los pies sobre la tierra
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Enamorarse a los veinticinco años se siente distinto. Hay una calma inusual. No vivo tan expectante, fabricando escenarios en mi cabeza ni alimentando fantasías sobre posibles porvenires.

Siento los pies firmemente puestos sobre la tierra. Pareciese una contradicción enamorarse sin elevarse y perderse en la ilusión, pero es precisamente eso lo que transforma la experiencia de forma completa y cambia la manera de habitar el vinculo. Redefine aquello que alguna vez me enseñaron sobre el enamoramiento y que posteriormente repliqué.

No voy a negar que aun existe una voz que me susurra en momentos muy concretos. Una voz que me habla de crisis, de impulsos, de la necesidad de reaccionar de ciertas formas que terminan siendo estériles. Pero junto a ella y habitando la contradicción, una corriente interna, madura, que se inclina a la paz que durante años he intentado construir, aquella que me aconseja y me dice “sufra por lo que vale la pena ser sufrido”. Entre toma y jale, la voz primigenia e instintiva, se queda sin aire, va perdiendo fuerza, sin volumen, hasta convertirse apenas en un eco lejano.

Habitar la lucidez de esta forma es bastante fascinante. Darse la oportunidad de sentir, desarmarse, entregarse a lo que acontece y luego regresar a casa cuando la realidad toca la puerta.

Aunque haya en mí una necesidad afectiva conforme a mi condición humana que busca cercanía, conexión y de vez en cuando un poco de control que por brevedades dejo que me atraviese, es la lucidez la que me toma suavemente de la mano y me acompaña de regreso a la superficie, sin generarme conflicto alguno.

Serena.

No hay resentimiento. No hay desencanto. No hay cólera. Hay una sabia aquiescencia. Una comprensión tranquila de que las cosas son como son y de que no todo necesita ser forzado, retenido o transfigurado.

Es como si hubiera aprendido a convivir con la falta. A hacer las paces con ella. A admitirla como una dimensión inexorable de la existencia sin intentar llenarla desesperadamente ni modificar su naturaleza. Y justamente porque hice las paces con ella, ahora puedo agradecer ciertas compañías que me conmueven y me movilizan; que me recuerdan lo profundamente humana que soy y que me conectan nuevamente con el deseo de besar, abrazar, tocar, intimar.

Esta vez es diferente.

Me acerco al otro sin que eso me deje vacía, desconcertada, atrapada entre expectativas y decepciones. En ello hay una nueva libertad, acompañada de presencia.

Renací.

Moverse desde el anhelo auténtico, sin querer escapar de mí misma, sin usar medios y formas de evasión, esas que conllevan a una psicosis auto inducida o que lo fuerzan a uno a ser vulnerable.

La vulnerabilidad no debe ser compelida y solo surge cuando converge con la espontaneidad.

Plena.

Quizás eso sea madurar. Descubrir que enamorarse no es alzar vuelo sino mantener los pies sobre la tierra.

Gota de Mar

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