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En su granada querida.

Aug 9, 2026

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En su granada querida.
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Federico murió de madrugada, cuando Granada todavía tenía los ojos llenos de sombra.

Lo llevaron lejos de las lámparas, lejos de las casas, lejos de las manos que alguna vez lo aplaudieron, lejos de los olivos. Lo llevaron como llevan los cobardes aquello que temen, sin mirarlo demasiado, sin preguntarse qué clase de hombre se necesita para dispararle a un poeta.

Porque hace falta una forma muy pequeña de valentía para matar a un hombre cuando se tiene un fusil, y una forma infinita de cobardía para dispararle a quien solamente llevaba palabras.

Pero no supieron matarlo —no se mata a un poeta enterrándolo bajo la tierra.— La tierra, en Granada, sabe demasiado de raíces y Federico tenía raíces en todas partes; en los balcones donde temblaba una guitarra, en los patios donde el jazmín abría su pequeña estrella blanca, en el cuchillo que atravesaba la noche, en el caballo que llevaba una luna sobre el lomo, en las mujeres vestidas de negro y en los hombres que lloraban sin saber que estaban llorando.

Tenía raíces hasta en Nueva York. Allí, entre rascacielos que parecían crecer sin memoria y multitudes que caminaban como si huyeran de sí mismas, Federico descubrió otro tipo de soledad. Vio el hambre, el dinero, los cuerpos perdidos entre edificios demasiado altos y escribió como quien abre una ventana en mitad de una pesadilla.

Nueva York le enseñó que también las ciudades pueden estar solas. Granada le había enseñado que también las ciudades pueden doler. Y él, que estaba tan enamorado del amor que a veces parecía escribir con el corazón fuera del pecho, quiso nombrarlo todo, el deseo, la muerte, la sangre, la ausencia, el cuerpo que se acerca y el cuerpo que se marcha.

Por eso escribió:

«La noche se puso íntima

como una pequeña plaza.»

Y después:

«Verde que te quiero verde.»

Como si el verde fuera una promesa, como si el amor pudiera salvarnos, como si todavía no supiera que algunos hombres tienen miedo incluso de aquello que no pueden comprender.

Dicen que sus últimas cartas tenían todavía la intimidad de quien espera. Y quizá eso sea lo que más conmueve, que hasta el final hubiera en él algo abierto al mundo. Que mientras otros preparaban la muerte, él siguiera escribiendo, sintiendo, amando; que la vida continuara entrando por la ventana mientras afuera la historia afilaba sus cuchillos.

Federico no sabía que aquella Granada suya iba a convertirse también en su herida. Granada, la de los cipreses oscuros, Granada, la de la Alhambra encendida bajo la luna, Granada, la que algún día tendría que aprender a vivir con un poeta muerto, pero Granada no lo enterró del todo, porque todavía camina por sus calles. Está en el agua que baja de la sierra, en las paredes rojizas, en los patios donde la tarde huele a flor de azahar. Está en el rumor de una guitarra cuando cae la noche y alguien, en alguna casa, vuelve a pronunciar su nombre:

Federico García Lorca.

Y entonces ocurre el milagro que los cobardes jamás comprenden, el muerto permanece, y quienes lo mataron se vuelven polvo. Ellos tuvieron fusiles, Federico tuvo un poema. Ellos tuvieron una fosa, Federico tuvo la memoria. Ellos quisieron callarlo, y desde entonces, cada vez que alguien dice:

«Si muero,

Dejas el balcón abierto»

Federico vuelve, vuelve con su luna, con sus gitanos, con sus caballos, con sus heridas. Vuelve enamorado de la vida que no alcanzaron a quitarle, porque hay muertos que no terminan de morir, se convierten en música, en literatura, en esa extraña luz que permanece sobre Granada cuando ya se han apagado todas las casas.

Quizá por eso sigo imaginándolo allí, mirando la Alhambra, con las manos llenas de versos y pensando, todavía, que el amor merece ser escrito. Que la muerte puede llevarse un cuerpo, pero nunca una voz.

Y que Granada, su Granada querida, jamás aprendió a decirle adiós.

Jean Baptiste.

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