Año jubilar.
Lo de promocionar jubilarse a los setenta y dos años, aunque sea, de momento y en teoría, tan solo una posibilidad de elección personal, nos indica la idea que se tiene sobre como ha de ser la vida del personal:
Trabaja, trabaja, trabaja.
Imaginen un albañil que todavía pueda seguir en la obra con esa edad. Si su cuerpo ha aguantado bien hasta entonces, cosa muy poco probable, lo normal es que a partir de ahí todo sean dolores, en muchos casos, incapacitantes. Así, la vida de esa persona habrá consistido en madrugar, echar horas de mucho esfuerzo, casi no parar durante años y, al fin, cuando ya no obliga el jornal, lo que obliga es la salud. Y el cuento acaba sin perdices. La parte buena de vivir, si la hubo, habrán sido cuatro ratos sueltos.
Jubilarse solo cuando ya no se es capaz de trabajar, es una mierda enorme. Quien ya no puede trabajar, tampoco suele poder divertirse.
Y, mientras tanto, muchos jóvenes en plenitud, sentados en los sepes o los parques o jugando frente a la pantalla un partido de esos.
En fin, tragamos tanto, que llegaremos a engullir mierda de camello.
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