El mecanismo del tiempo es despiadado con todos. Su ritmo acelerado parece querer romper cualquier récord de velocidad cuando vas a disfrutar de tu felicidad. Pero se traba en una hora fija, mientras tu tristeza comienza a escapar del escondite donde la habías confinado.
No entiendo cómo funciona el tiempo. En ocasiones ni parezco ser la persona más apta para abordar todos los aspectos que me ofrece.
Y el tiempo es así: parece detenerse cuando uno de nuestros recuerdos aterriza en nuestra mente. Nos obliga a pensar, a arrepentirnos y desearlo todo de repente.
El tiempo se cuela entre los segundos y letras de las canciones que escucho. Todos esos detalles, a la vez, pagan mi viaje a momentos tan íntimos y exactos como el habernos anhelado inconscientemente, exactamente en el mismo momento de la noche.
El tiempo es caprichoso, tanto que años después me empujó a lidiar con la fantasía más recóndita de mi cabeza: tener anillos, y que no fueran de papel.
Entonces el tiempo es demasiado escurridizo y yo, demasiado tonta.
Le suplico a este caprichoso y efímero hilo de recuerdos, un poco más de tiempo. A pesar del aparente silencio, del desencuentro en que pareció convertirse nuestro viaje, anhelaba con desesperación entenderte, a tu alma, a tu corazón, a la esencia de tu ser.
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