Mi teoría es que el ruido de la ciudad los desorienta,
y así se pierden.
Pierden el rumbo,
el contacto con su alma,
sus pasiones.
Se prenden las luces y se apaga la esencia.
Y así es como la rutina empieza a parecerles suficiente.
Y los paisajes alcanzan en fotos,
los sueños se reducen poco a poco.
Y el sufrimiento se normaliza,
y se demoniza el romanticismo,
y se acepta el dolor como parte del vínculo.
Y el dedo ajeno se mete,
y escarba,
y aprieta.
Y cuando sangra
se observa de lejos,
porque es mejor sangrar
que decir “no”.
Y la vorágine de las luces,
los semáforos,
el barullo,
el ahora,
el ya,
los devora lentamente.
También hay quienes,
jugando siempre a ganar,
aprovechan el bochinche para callar sus pensamientos,
para camuflarse entre las sombras de los enormes edificios.
Y así ocultan sus caras,
sus ganas,
sus miedos.
Se desdibujan entre la multitud.
Y así,
todos van desapareciendo.
Y el ruido es cada vez más,
aunque cada vez menos.
Y las luces no se apagan,
pero los corazones sí.
Y aunque sea suave,
el fuego sigue vivo.
Y son las almas como las nuestras
las que marcan el nuevo ritmo.
El silencio nos abraza,
y escuchamos cada latido.
Porque incluso en esta ciudad que traga sombras,
si una chispa se enciende,
otra responde.
Y así, de latido en latido,
el mundo vuelve a encenderse.

Muriel
Bienvenidos a este espacio. Es un rincón íntimo, un lugar donde Muriel piensa, ama, recuerda y se inventa. Aquí la escritura no busca verdades, busca latidos.
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