Alguna vez escuché que los seres humanos
tienen la capacidad de autoconvencerse
de que el miedo habita únicamente
en los sonidos aleatorios
que emiten las partes más oscuras de un lugar.
Pero…
¿qué sucede cuando ese emisor yace
en las profundidades de uno mismo,
como si hubiese estado presente
desde los albores de la raza humana?
Como dato curioso,
te puedo decir que incluso si reviviera al monstruo
escondido entre las páginas
de los cuentos infantiles
o en las penumbras de las películas de terror más conocidas, ni siquiera él sería tan temible
como ese instante en que mi corazón se detuvo,
cuando tus ojos se encontraron con los míos.
Justo ahí,
mis labios se apropiaron de las vocales de tu nombre, otorgándoles un tinte distintivo.
Fue entonces cuando comprendí
que lo más aterrador del ser no reside afuera,
sino que nace en la boca del estómago
y se expande como un efímero cosquilleo eléctrico
en las yemas de los dedos, pidiendo, casi suplicando, sentir tu tacto.
-annie
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