Toqué el cielo en cada una de sus caricias y fui consagrado como eternamente suyo. En sus labios, en sus palabras y en sus brazos me perdí como quien encuentra un hogar tras haber recorrido el hostil mundo. Después de una larga travesía, me di cuenta que encontré el sitio en el que quiero estar y es con ella.
Recuerdo que en esa ocasión, compartimos una intimidad divina, que trastocó mi sensibilidad humana y me hizo regocijar en los mares del amor. Con ella sentí el calor de un fuego encendido con ternura, con ella entendí el silencio que grita verdaderas, conocí el abrazo que me reconstruye. Es por eso que anhelo que esas miradas profundas, esa sonrisa tímida, esos besos a la media noche perduren para siempre.
Me di cuenta que con ella lo eterno cabe en una noche, siendo las estrellas y la luna los únicos testigos de que su piel es mi templo y cielo, que no puedo estar lejos de su ser, que estoy atado a su existencia, que necesito la calidez de su cuerpo. Para mi, cada beso fue promesa y raíz, raíz de una primavera que no tiene fin.
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