Es en la noche, y solo en la noche, en donde los demonios florecen, las penas copulan entre sí, la vida se acorta y los sueños solo sirven de trincheras que esperan ser bombardeadas sin cesar.
Los lamentos bailan, juegan, enloquecen y carcomen hasta lo más profundo de nuestro ser.
Las fantasías se disipan en medio de la oscuridad que da paso hacia aquello que no podemos siquiera nombrar.
Los gusanos se mezclan, agujereando todo a su paso, haciéndonos débiles, frágiles.
Las almas comienzan a susurrar canciones tristes al oído y se convierten en testigos primordiales en el espectáculo del llanto incontenido, imparable, roto y ácido.
Los recuerdos se corrompen, ya no es sino lo que quiero que sea.
La respiración va tomando su cauce normal, ya no hay esbozo de sobresalto alguno.
Los ojos se empiezan a cerrar, pesados, oscuros, eternos.
Entonces, nos hacemos dueños de nuestro pulso, lo regulamos, pero la noche pasó cual alma que lleva el diablo.
Lástima, en esta ocasión, ni el diablo quiso llevarse la mía.
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