escucho a mi madre y en sus ojos veo la nostalgia, veo una luz triste cada que habla de su país.
me dice que tiene miedo de volver, de pisar su tierra y apenarse; necesita guardar esa imágen casi ideal de la argentina de hace dos décadas y aquellas bonitas experiencias que no se cansa de repetir cada comida de domingo junto con su hermana, también bonarense, y mi abuela.
con veinticuatro años mi madre llegó a donde hoy vivimos, conoció a mi padre y junto al fuego, se besaron por primera vez.
entonces, ella me cuenta que con su misma edad fue que mi abuelo llegó a la capital argentina, me cuenta cómo se buscó la vida y cómo todo el mundo le quería por su (demasiada) bondad. allí conoció a mi abuela, quien había llegado mucho antes, con aproximadamente seis añitos. se enamoró mientras ella ayudaba en el campo a recoger patatas, y decidió enviarle cartas de amor a menudo.
miro de nuevo los ojos brillantes de mi madre, entonces pienso en la posibilidad de que tenga en la sangre ya escrito que con veinticuatro voy a tener que abandonar mi amada tierra. pienso en la manera en la que mi acento también va a ser una mezcla del argentino e do galego, en lo muchísimo que echaría en falta mi hogar y en como, al fin y al cabo, todos somos hijos de emigrantes.
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