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Ella

Jun 19, 2026

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Ella
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Hay personas que llegan a la vida de uno como una conversación agradable. Ella no. Ella llegó como una temperatura distinta.

Desde el principio hubo algo peligroso en su manera de existir. No era únicamente hermosa. La belleza, por sí sola, se vuelve costumbre. Lo suyo era otra cosa, una sensualidad tranquila, inevitable, que parecía escaparse incluso cuando permanecía inmóvil.

Recuerdo la primera vez que la vi sonreír mientras me observaba fijamente. No dijo nada extraordinario. Ni siquiera se acercó demasiado. Pero hubo una intención apenas visible en su mirada, algo tibio y lento, que se quedó conmigo el resto de la noche como una mano invisible recorriéndome el cuerpo.

Desde entonces, pensar en ella se volvió un hábito físico.

La imagino caminando descalza por una habitación oscura, con una camisa amplia cayéndole apenas sobre los muslos, el cabello desordenado sobre los hombros y esa expresión distraída que tienen ciertas mujeres cuando no saben que están siendo deseadas con violencia. O peor aún, cuando sí lo saben.

Hay algo en su cuello que me obsesiona. La línea suave que desciende lentamente hacia su pecho. La forma en que inclina la cabeza cuando ríe. He pensado demasiadas veces en acercarme solo para besar esa zona despacio, sentir cómo cambia su respiración, cómo el silencio empieza a volverse más pesado entre ambos.

Porque el deseo no aparece de golpe. Se acumula. En las pausas. En los roces accidentales que duran medio segundo más de lo debido. En la tensión absurda de dos personas imaginando cosas distintas mientras fingen hablar de cualquier trivialidad.

Y yo la deseo así, lentamente. Quiero descubrir la manera exacta en que su cuerpo reaccionaría al mío. El pequeño temblor involuntario de sus piernas cuando mis manos descendieran por su cintura. La respiración quebrándose apenas cuando mi boca rozara su piel. Ese instante donde una mujer deja de pensar con claridad porque el placer comienza a ocupar demasiado espacio.

La imagino cerca de mí, mirándome en silencio, con los labios apenas entreabiertos y el calor creciendo entre los dos como un incendio contenido.Y sé que si llegara a tocarla, no sería capaz de hacerlo con indiferencia.

Hay mujeres que despiertan ternura. Ella despierta hambre. Una necesidad lenta y desesperante de acercarla más, de sentir el peso de su cuerpo contra el mío, de recorrer cada centímetro suyo con la paciencia peligrosa de quien lleva demasiado tiempo imaginando el mismo escenario. Porque cuando alguien te gusta de verdad, el deseo deja de ser solamente sexual. Se vuelve obsesivo. Uno quiere memorizar hasta la forma en que esa persona suspira.

Pienso en ella de noche. En el calor de sus piernas rozándome debajo de unas sábanas revueltas. En sus dedos perdiéndose lentamente por mi espalda. En la manera en que cerraría los ojos al besarme, como si quisiera hundirse completa dentro del momento y olvidar el resto del mundo. Y entonces todo alrededor desaparecería. La ciudad. El ruido. Las horas.

Solo quedarían nuestros cuerpos acercándose lentamente, respirando cada vez más cerca, consumiéndose en esa tensión insoportable que existe justo antes de que el deseo termine por vencerlo todo.

Porque hay personas que uno simplemente encuentra atractivas. Y luego están aquellas que se convierten en pensamiento recurrente, en insomnio, en fantasía persistente. Personas cuya sola presencia altera la temperatura de una habitación y obliga al cuerpo a recordar que todavía sabe arder.

Ella es exactamente eso. El tipo de mujer por la que alguien se queda despierto hasta tarde, mirando el techo, imaginando cómo sería tenerla tan cerca que ya no existiera espacio para seguir fingiendo calma.

Alejandro Barrios

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