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Mar 11, 2026

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Dicen que los hombres fueron los primeros en ser un blazer. Les daba status, independencia y esa elegancia intelectual que el mundo respetaba de inmediato.

Aunque muchos de esos blazers, en realidad pertenecían a mujeres. Pero no pertenecían como puede pertenecer una cartera o un collar de perlas. Se trataba de pertenecer como un hijo pertenece al útero, como la vida de los mamíferos depende de la leche materna.

Mujeres que no podían ser un blazer. Pero eran ellas las que compraban la tela, las que dibujaban el molde en silencio, las que cocían a mano cada costura invisible y buscaban botones más adecuados. Los planchaban para que ellos lucieran impecables, pero ellas… no podían ser un blazer. Aunque sus dedos pinchados por las agujas las delatasen.

Después, hubo un tiempo en el que se redujo al blazer a sólo dos colores; blanco o negro. Y eso no sólo fue aburrido, sino que también fue insostenible. Mientras más restricciones le ponían, más colores nuevos surgían. Porque el que no conocía en profundidad al blazer, creía que podía colgarlo en una percha, ponerle esos pijamas de plástico como bolsas de residuo y dejarlos hibernar junto con bolsas de naftalina para que las polillas no los estropeen. Pelotitas blancas de naftalina con olor a naftalina, como ningún otro olor de ninguna de otra cosa que nos sea naftalina.

Luego pasó, como todo. Los ojos del mundo se volvieron a la corbata, a la camisa, a la falda y se olvidaron del blazer. Pero él seguía ahí, multiplicándose, en silencio.

Recuerdo el día en que me enamoré del blazer. Era oscuro, con minúsculas líneas rojas y azules, casi imperceptibles. Había que mirarlo muy de cerca para ver esas rayas que se fundían con lo oscuro del resto de la tela, como una ilusión óptica. A mi me gustan las ilusiones ópticas. Las distingo, y eso que soy medio miope. Lo mire de afuera, con la nariz apoyada en el vidrio de la tienda. Pero me daba miedo. ¡mirá si era de mi talle!, ¡mirá si me lo probaba y me calzaba bien!, ¡mira si me lo compraba y me lo quedaba para siempre!

Así pasé días, semanas, meses, años. Paseaba por las calles viendo al blazer por todas partes. Deseaba ser un blazer pero me daba miedo que me calzara justo. Y yo que soy medio rara con la ropa. Odio lo que está de moda e imagino vestidos largos con mangas de encaje translúcidas, indumentaria bohemia con pedazos de tela hasta el tobillo, pero tela de verdad, no de esa que venden ahora que parece el repasador de la cocina. Porque hay repasadores en todas las cocinas. Yo siempre compro alguno que tenga color naranja, para que haga juego con los azulejos de la cocina. Pero todos son rojos y verdes. Todos son comunes. Los naranjas escasean.

Un día me armé de valor, salí de casa decidida. Recordé aquellas palabras que me decían: “pero comprate ese blazer, vos sos flaquita, te va a quedar bien”, como si fuera un halago ser delgada. Aunque no tengo nada en contra de eso, simplemente es cómo se lo dicen a uno.

La señora de la tienda nada me preguntó. Las señoras de las tiendas tienen una intuición que nunca falla; ella sabía que yo iría y sabía el color que elegiría y probablemente hasta sabría el talle que mejor me quedaría. Porque por algo son las señoras de las tiendas ¿no? Y pensar que yo fui alguna vez una señora de una tienda. A eso le atribuyo, desde entonces, mi intuición. A veces la experiencia te da el oficio. A veces la mejor escuela es una tienda.

Ni siquiera pregunté el precio, abrí el monedero y pagué. Había llevado bastante dinero y me sorprendió lo barato que me salió. Había ahorrado durante muchos años pero nunca supe qué iba a hacer con el dinero. Hasta que ví el blazer. Creo que desde ese día no ahorré mas, no me concentré más en el ritual de enrollar prolijamente el billete para hacerlo coincidir con la ranura de la alcancía, que es bastante angosta. Debería elevar un reclamo a los fabricantes de alcancías. Uno a veces no tiene el tiempo de enrollar los billetes para hacerlos coincidir con la ínfima ranura de la alcancía, y escuchar levemente el sonido del rollito del billete cayendo encima de la pila de otros rollitos de billetes adentro de la lata grande. Porque tenía varias latas, pero ésta era la más grande.

Llegué a casa con la bolsa pesándome en la mano como si llevara un arma, una bomba o peor… apretaba esa bolsa acartonada bajo mi axila como si allí dentro llevara la felicidad, la esperanza, el refugio de alguien que escapa de la guerra, la firma de un tratado de paz, la bandera blanca, un “bienvenido” o un “adiós”.

Cuando al fin crucé la puerta, la cerré y crucé el cerrojo. Me quedé ahí, en la penumbra del pasillo, respirando el aroma a tela nueva. Que es parecido al de la pintura fresca o al de un libro nuevo. Aunque a veces también a la canela flotando en el agua hirviendo de la taza o a las hojas crudas de laurel quemándose en el verano. Porque aquí en verano se queman muchos laureles. Buenos Aires está lleno de árboles de laureles. Me lo probé en silencio.

Tiene una solapa que corta el aire con la precisión de haberle pasado la plancha hirviendo, pero con una tela arriba para no quemarlo, de esas telas finitas que no son pañuelos ni repasadores, ni sábanas, sólo telas, telas finitas para planchar. Habiendo tantas telas, y teniendo tantos usos, es admirable cómo ellas saben que nacieron para cumplir con una sola misión; proteger cualquier cosa del calor feroz del triángulo de acero.

Tiene el cuello firme. Me sostiene la cabeza para que no se me hunda en las dudas y el autoboicot, en la ensoñación de extrañar o imaginar. Pero qué sería de mí sin las dudas, el autoboicot, el extrañar o imaginar. No sería yo. No sería blazer. Aunque ya tendríamos tiempo el blazer y yo de conocernos y contarnos cosas. Porque ya lo había comprado. Ya era mío.

Tiene botones cromados. Cuando les da la luz del sol dispara todos los colores como rayo láser. Tal vez pensé en ir a la mercería a pedir unos más discretos. No vaya a ser cosa que piensen que es un blazer de alta costura, importante, imponente, intimidante.

Tiene varias etiquetas, lo que me llamó la atención. Varias etiquetas, de lugares adjudicándose la confección. Creo que la señora de la tienda no se decidió a dejarle una sola. Tal vez las etiquetas tenían razón. Quizás el blazer estaba hecho en todos esos lugares, enmendado por todas esas manos pertenecientes a todos esos lugares. Distintos entre sí. Distantes entre ellos. Pero finalmente conectados… por el blazer. Tiene ojales que son promesas de apertura. Y los bolsillos…

Tiene bolsillos profundos, suaves. Entra toda mi mano, y eso que tengo manos grandes. Puedo guardar cualquier cosa y jugar con esa cosa dentro del bolsillo y nadie va a adivinar qué es lo que toco con mis dedos de aquí para allá en ese cuadrado perfectamente cocido. Puedo guardar secretos, canciones, novelas, saquitos de té, manteca de cacao, una hoja de laurel, una ramita de canela, un cigarrillo mal armado, una caja de fósforos, de esas chiquitas que ya no se consiguen por ningún kiosco de la ciudad. Debería elevar otro reclamo hacia los fabricantes de cajas de fósforos. ¿Cómo podría uno guardar esa caja de zapatos de 200 palitos en el bolsillo? E ir de aquí para allá, incómoda. Así tendrían que hacer bolsillos donde entren cajas de fósforos grandes. Pero no puedo hacer tantos reclamos. Además, siempre vienen menos de 200 palitos.

Tiene terminaciones invisibles. Pero no explica nada, no le importa que entiendan su técnica de terminaciones invisibles. Podría decir que es hereditario. Algunas cosas compartimos con los antepasados. Deberíamos quedarnos con lo bueno. Algunos blazer están hechos con tela sobrante de otros sacos o tapados. Eso no lo hace menos importante. ¿Por que acaso, qué es lo importante? Un blazer, claro.

Me miré al espejo así. Siendo un blazer. Elegante, inteligente, descubriendo que me lo había comprado para siempre. Que esa imagen mía, esa, que me devolvía el espejo, iba a quedar grabada en mi retina para siempre. Y yo que tengo una fábrica de imágenes del otro lado de la frente. O detrás. No sé, ahí donde está ese entramado de fibras llamado cerebro. Me daba miedo lo bien que me quedaba. Me daba miedo. Me queda perfecto.

Me lo probaba todos los días. Soy muy disciplinada cuando algo me gusta. Después, a veces me aburro, y voy saltando de cosas nuevas a cosas viejas y de nuevo a cosas actuales, cosas que me gustan, cosas que no a todo el mundo le gustan. Pero no me iba a pasar con el blazer.

Un día, simplemente, me olvidé de quitármelo. Salí a la calle y el mundo me vio. Ya no había forma de disimular las hombreras ni el brillo que irradiaban los botones, ni el cuello fornido que me sostenía la cabeza con altaneros aires de alguien que sabe que nació para ser un blazer, en una ciudad del mundo, la mía, la nuestra, Buenos Aires, con aires de inevitable melancolía otoñal. Porque aunque sea verano o invierno, siempre hay un día otoñal. Es el costo que la ciudad tiene que pagar.

Asique no me quedó más remedio que asumir el peso de la tela. Después de todo, hay gente que sabe que nació para ser un blazer.

Melina Marcos

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