...
Son nuestras decisiones.
No podemos pedir cuentas a la nube ni al árbol. No podemos culpar al lobo ni a la mosca cojonera. Nosotros solitos nos lo buscamos.
Imaginemos que la división del mundo fuera aún mayor. Que fueran más las vallas en los linderos establecidos, decididos y por decidir, siempre mediante peleas.
Provincias armadas hasta los dientes. Ciudades bélicas. Los pueblos enfrentados a sus vecinos pueblos por un quitame allá este mojón. Armas y más armas. Guerras y más guerras.
No parece buena idea.
Imaginen ahora su revés: toda la Tierra unida sin fronteras. Sin armas. Solidaridad y apoyo y colaboración total. Sin enemistades impuestas por colores de piel, por dioses, por recursos, por pretender ser dueños de la ribera.
Las dos opciones son posibles. Solo andamos en una intermedia con un decisivo camino hacia la primera.
Y allí nada bueno espera.
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