Dios y Yo nunca nos hemos llevado bien.
Una energía trascendente a todo el universo y un manojo de piezas perdidas nunca podrían coexistir.
Su silencio exacerbaba mis gritos.
Y el movimiento de su dedo convirtió todo mi ser en un hueco sin fondo, uno carente de dirección y rellenado de hambruna, de vacío.
Siempre he sentido el desprecio de Dios hacia mi.
Quizás sea porque logro trasgiversar su existencia. O tal vez porque lo veo como la nada misma, un vacío en el vientre del planeta que sin hacer nada todo lo atestigua.
Siempre he sentido una extraña aberración por Dios. Es una incomodidad tan grande que se tuerce hasta revolverme el estómago.
He tratado de justificar con superficialidad su existencia. Decir que la fe en él no es nada sino el desespero de las personas por esperanza.
Ellos están hambrientos por su salvación, mientras que yo estoy hambrienta por su carne.
No quiero su luz, no quiere ser nombrada santa ni que su manto de perdón recaiga sobre mis hombros.
Yo quiero un mordisco de su carne. Arrancar por pedazos su costillas y desgarrar sus dedos. Quiero ver escurrir el poder absoluto en color carmesí.
Estoy segura que si él estuviera conciente de mi propio recelo hacia él, no hubiera dudado en eliminarme.
El mundo arde en conflictos porque el poder absoluto yace en una cabeza individual.
Si las decisiones rondan alrededor de un solo ente, encuentro lógico que el planeta sea el hogar del infierno.
Si realmente fue él quien de sus manos nació mi nombre, hecho con todo propósito la ira quemando mi cuerpo.
Dice repartir clemencia entre todos sus hijos, pero estoy segura que de mi se ha olvidado.
El castigo por mi primer pecado fue la mordida de la serpiente en mi garganta, y desde entonces no he emitido palabra sin rencor.
Sed insaciable que me hará subir las escaleras de la gloria, tener su rostro frente al mío mientras que escupo todo el veneno que el mismo me inyectó.
Tener la oportunidad de desahogar todas estas lágrimas, de verter el fuego en su sagrada copa y de beberla una y otra vez hasta que de mi alma no quede más que solo cenizas.
Mirarlo a los ojos y al fin reconocer, que nunca fue una extraña sensación, sino que yo siempre fui uno de los renglones torcidos de Dios.
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