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El Verano Pasado

Mar 24, 2025

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El Verano Pasado
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Misterio 2: La Marca del Silencio

La tormenta azotaba la casa con más furia que nunca, como si la naturaleza misma quisiera arrancarles la cordura. Pero el rugir del viento y el golpear de las gotas sobre las ventanas eran lo único que podían oír. No podían escapar del susurro que se filtraba en sus mentes, como un veneno, inyectando el miedo, la desesperación y la ansiedad en cada rincón de sus corazones.

Rora se tambaleó hacia la mesa, sus manos temblando mientras tomaba una de las tazas que nunca había tocado. La mirada de todos estaba fija en ella, pero ninguno se atrevió a decir nada. Los recuerdos de esa noche, del sótano, del ritual, los atormentaban a cada momento, desgarrándolos por dentro.

"Tenemos que hacer algo," dijo Rora, su voz quebrada. "No podemos seguir así, no podemos seguir viviendo con esto."

Gena, que hasta ese momento había estado mirando al suelo, levantó la cabeza, sus ojos ahora completamente vacíos. "Ya no hay vuelta atrás," murmuró. "Lo que liberamos, no podemos enfrentarlo. Y no podemos deshacerlo."

Twilight apretó los dientes. Su cuerpo entero estaba tenso, como si el simple hecho de estar allí en la cabaña fuera suficiente para invocar aquello que había quedado atrapado en el sótano. Habían abierto algo, algo tan antiguo, tan maligno, que ahora los estaba devorando lentamente. "Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí esperando a que nos destruya?"

"No podemos irnos," dijo Oliver, su voz baja, pero firme. "No podemos escapar de lo que hemos hecho. Cada uno de nosotros lo sabe."

El aire en la cabaña parecía volverse más denso, y las sombras, que antes parecían inofensivas, comenzaron a moverse. En las esquinas de la habitación, las figuras parecían cobrar vida propia, tomando forma, acechando. Los murmullos de la tormenta afuera se desvanecieron, y ahora todo lo que podían escuchar era el latido de sus propios corazones.

De repente, un escalofrío recorrió la espina dorsal de todos. El susurro estaba más cerca, casi a la par de sus respiraciones. Y esta vez, no era solo un eco lejano. Era claro, resonaba en sus cabezas, como si fuera un pensamiento ajeno implantado en sus mentes.

"Lo saben..."

Un grito rasgó la quietud. Gena cayó al suelo, su rostro pálido, sus ojos desorbitados. "No… no puede ser…" susurró, temblando. "Nos está observando. Nos está controlando."

Oliver se arrodilló junto a ella, sujetándola con fuerza. "¡Gena, cálmate! ¡No podemos dejar que eso nos haga perder la razón!"

Pero en el fondo de su ser, Oliver sabía que algo ya se había roto. Lo que había despertado en el sótano no era solo una fuerza sobrenatural. Era algo mucho más oscuro, mucho más astuto. Algo que conocía sus miedos más profundos, que se alimentaba de sus inseguridades y que los manipulaba desde las sombras.

"Tenemos que destruirlo," dijo Twilight, con una decisión en sus ojos que parecía tan fría como el hielo. "Solo hay una forma de terminar con esto. Tenemos que ir de nuevo al sótano."

Rora lo miró, horrorizada. "¡Estás loco! Eso es lo que nos maldijo, ¡es lo que nos está matando!"

"Y es lo único que puede detenerlo," replicó él con voz firme. "Si no regresamos, nos va a consumir a todos. Debemos ir hasta el final. Hacer lo que nunca debimos hacer."

"¿Y qué es eso?" preguntó Oliver, su voz cargada de desesperación. "¿Qué diablos estamos buscando? ¡Ya hemos hecho demasiado! No podemos hacer nada más."

"No lo sé," respondió Twilight, su mirada fija en el vacío. "Pero si hay alguna forma de deshacer el daño, tiene que ser allá. El sótano... está vinculado con esto. Lo sé. Podemos sentirlo."

Un fuerte golpe retumbó en las ventanas, y el reloj de pared, que había estado marcando cada segundo, comenzó a sonar más fuerte, como si el tiempo mismo estuviera presionándolos. Las luces parpadearon nuevamente, pero esta vez, parecía que se apagaban con más fuerza. La cabaña entera se sacudió, como si la casa misma estuviera a punto de derrumbarse.

"¡Vamos ya!" gritó Rora, levantándose de un salto, el miedo visible en sus ojos. "¡Ya no hay tiempo!"

Se miraron unos a otros, sabían que no había vuelta atrás. No podían seguir huyendo, no podían esconderse de lo que habían desatado. Así que, como si se tratara de un destino inevitable, los cuatro salieron de la cabaña.

La tormenta afuera era aún más violenta. El viento los golpeaba, las gotas de lluvia los azotaban como cuchillos. Pero el llamado que sentían en sus mentes los empujaba hacia el viejo cobertizo que albergaba el sótano. Y aunque todos querían negarlo, sabían que solo al enfrentarse a lo que había sido desatado podían tener alguna esperanza, aunque fuera remota, de liberarse.

El sótano de la casa en ruinas los esperaba.

Lo que encontraron allí, sin embargo, no era lo que esperaban.

El lugar estaba oscuro, tan oscuro como las sombras que los habían perseguido durante todo ese tiempo. Pero había algo más. Algo nuevo. En el centro de la habitación, la tierra estaba agrietada, como si algo hubiera emergido de las profundidades. Los símbolos en las paredes brillaban con una luz débil, roja, como si aún estuvieran vivos.

Y en el aire, una presencia, palpable y fría, los rodeaba. Una voz resonó, esta vez más fuerte que nunca, atravesando sus mentes:

"Ya no hay marcha atrás."

Los cuatro se quedaron paralizados, mirando la grieta en el suelo, sabiendo que lo que habían hecho los había marcado para siempre. La única pregunta que quedaba era si podían destruir lo que habían desatado o si, al final, serían consumidos por aquello que ya los había reclamado.

diario de una letanía

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