Esta noche el mundo termina en mi ventana.
Hay viento, sí,
pero no empuja nada.
Solo pasa.
Como yo.
No sé si esto es empezar de nuevo
o apenas seguir andando sin nombre.
Las paredes no me conocen,
la silla cruje distinto,
y el whisky —este whisky—
me habla en un idioma viejo
que no recordaba que sabía.
Las luces de la ciudad, tan lejos,
parecen barcos que ya no van a volver.
Pero no me duelen.
No esta vez.
He puesto un disco,
uno que solía no gustarme.
Y ahora,
de pronto,
es mío.
No tengo más que este abrigo,
la respiración honda del invierno,
y esta copa que se enfría conmigo.
Me dije que el fin del mundo era un lugar,
pero empiezo a creer
que es una hora del día.
Una hora en la que uno se deja caer —por fin—
y no duele.
Solo es.
Bebo.
No por olvido.
Por respeto.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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