Días, semanas, años...
Tanto tiempo se disolvió entre lágrimas y sábanas frías.
Amistades que nunca llegaron a ser.
Posibles amores que no se dejaron ver.
Y una chica con ideales superficiales que creyó estar en su "camino correcto".
Andá a saber qué significa eso.
Ella hizo todo por el bien de su "paz interior", un concepto creado por gente sola y triste.
No existe la paz interior estando en un cuarto a oscuras.
No existe salteándote comidas.
No existe cerrándote con llave en tu mundo de ideas.
Y ahora, después de destruir todo lo que alguna vez tuvo, ¿qué queda?
Una especie de persona desesperada por contacto.
Por amor y afecto.
Pero, es como si Dios se hubiera ofendido y no quisiera abrir más puertas.
Las tan ansiadas Puertas de Conexión.
Solo abre puertas para caminar a solas.
Ella entra, pero da un portazo antes de emprender otra travesía de auto-descubrimiento.
Se siente podrida y arruinada.
Los animales la miran, les da lástima.
El cielo se despeja. El viento la mantiene en pie.
Fantasea que hay gente que la quiere a su alrededor.
Aquellos con quienes puede hablar y reír sin pensar en como la tela de la remera marca su panza.
Aquellos que la eligen, no solo porque está ahí, sino porque genuinamente desean su compañía.
Y también sueña con alguien que le tome la mano con firmeza,
ese que elija construir otro camino que se entremezcle en una danza con el suyo,
donde objetos y tradiciones se compartan,
donde los recuerdos empiecen a ser de los dos.
Y esos ideales de cuerpo, dinero y "éxito" ya no están,
ya se volvieron obsoletos.
Pero, por ahora son todas fantasías casi infantiles.
El camino sigue silencioso y su mano, fría.
El viento atraviesa su remera gastada por los años y
su pelo quebradizo se arremolina en la espalda.
Si tan solo hubiera sabido todo antes,
antes de meterse en esa puerta equivocada,
antes de intentar ser quien no era y nunca sería.
No sabe cuánto tiempo más puede aguantar...
Sus pies le duelen y allá lejos, en el horizonte,
solo se ven más tierra y pastizales.
Susurra cosas ininteligibles a Dios.
Quizás un rezo o algún berrinche,
eso siempre le da la sensación de un control inexistente.
Pero todo sigue igual, con las lágrimas secas en sus mejillas.
Montilú.
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