Le tengo miedo al mar. No respeto, miedo. El respeto supone una distancia prudente. Lo mío es distinto. Es sentir que el agua guarda una memoria demasiado antigua para alguien como yo, que apenas aprendió a respirar en tierra firme. Siempre imaginé que el océano era un animal inmenso dormido con un solo ojo abierto, esperando distraídamente que alguien olvidara dónde terminan las olas y empieza el abismo. Nunca fue un secreto. Quienes me conocen saben que siempre encuentro una excusa para quedarme mirando desde la arena, como si el horizonte fuera una conversación a la que jamás fui invitado.
Entonces apareciste vos.
Hija de las olas, de la brisa que despeina los pensamientos antes que el pelo. Devota de las tardes mirando los lobos marinos, de las piedras húmedas, de los puertos que huelen a sal y despedidas, de esas conversaciones donde el agua habla bajito y uno tiene la impresión de que el mundo, por unos minutos, deja de girar para escucharla. Caminás por la orilla con una naturalidad que me desconcierta, como si el mar te hubiera criado entre mareas y aprendiera la forma de romper contra las rocas solamente para acercarse un poco más a vos.
Desde que llegaste, mis certezas empezaron a hacer agua.
Rondás en mi cabeza igual que la arena cuando se mete en los ojos, cuanto más intento sacártela, más parte de mí se vuelve. Pensarte tiene la violencia silenciosa de un oleaje que no anuncia tormenta. Es una ola enorme que me encuentra desprevenido y me empapa entero, incluso cuando estoy lejos de la costa. Por eso vení conmigo al sol. Tengo que secarme de vos para volver a mojarme un rato después.
Hay días en que me convenzo de que tu cariño también es un mar.
Y si tu cariño es mar, quiero aprender a navegarlo.
No necesito convertirme en capitán. Me alcanza con ser marinero. O nadador. Aunque, si soy sincero, me conformo con flotar mientras tu mano siga encontrando la mía debajo del agua. Porque descubrí que el amor se parece mucho a la marea, nunca pregunta si uno sabe nadar. Simplemente llega, rodea los tobillos, sube despacio por el cuerpo y, cuando queremos darnos cuenta, ya cambió el paisaje entero.
Solo navegaría si es con vos.
Aunque me tiemblen las piernas antes de abandonar la orilla. Aunque el cielo se llene de nubes y el viento empiece a hablar un idioma que todavía no entiendo. Estoy dispuesto a desafiar la calma y también la tormenta. A dejar que las olas me enseñen aquello que los muelles jamás pudieron explicarme. Porque hay personas que valen más que todos los refugios que uno construye para sentirse a salvo.
Vos sos una de ellas.
Creo que el miedo nunca desaparece. Apenas aprende a caminar al lado de alguien. Y eso hacés conmigo. No espantás mis monstruos; les acariciás la cabeza hasta que se quedan dormidos. Me enseñás que incluso los faros existen porque la noche también merece ser atravesada.
A veces sospecho que me estás cambiando de especie.
Cada vez que pienso demasiado en vos, siento una picazón extraña detrás del cuello. Después aparecen unas escamas diminutas en los brazos, transparentes, tímidas, como si todavía no se decidieran a existir. Mis pulmones olvidan lentamente el aire y empiezan a ensayar el movimiento imposible de unas branquias. Mis venas ya no parecen llevar sangre, llevan mareas. Entonces entiendo que no soy yo el que se acerca al océano. Es el océano el que lleva tiempo acercándose a mí usando tu voz, tu risa y esa forma tuya de mirar el horizonte como si conocieras el nombre de todas las olas.
Anoche soñé que el mar respiraba.
Cada vez que inhalaba, desaparecía la playa. Cada vez que exhalaba, el mundo volvía a existir. Vos caminabas sobre esa respiración inmensa como quien vuelve a casa. Yo te seguía, todavía asustado, hasta que una ola me rozó los pies. Esperé el miedo de siempre, pero encontré otra cosa. Encontré tu mano. Descubrí que el océano, cuando te tiene cerca, deja de ser profundidad para convertirse en abrazo.
Había puertas hechas de agua.
Las abríamos una por una hasta encontrar una habitación sumergida. Una cama flotando entre corrientes lentas, una ventana por donde entraban peces curiosos y una lámpara encendida con medusas en lugar de luz. Nadie hablaba. No hacía falta. Vos sonreías como si hubieras vivido ahí desde siempre y yo, que toda la vida había escapado del mar, comprendía que tal vez el miedo no era más que una costa esperando ser abandonada.
Después desperté con gusto a sal.
No sé si era un sueño o si alguna ola vino durante la madrugada para comprobar que todavía seguía pensando en vos.
Vamos a ir al mar.
No lleves traje de baño. Yo tampoco voy a llevar el mío. Hay una libertad que solo aparece cuando uno deja de esconderse detrás de las cosas que cree necesitar. Nos bañaremos como dos personas que ya no tienen nada que demostrarle al agua. Será un beso con gusto a sal, un dulce espasmo mirando el horizonte mientras las olas aplauden despacito para no interrumpirnos. El viento secará nuestros cuerpos, pero nunca las palabras que todavía no nos animamos a decir.
Y cuando el sol empiece a esconderse, Valparaíso nos recibirá con sus cerros desordenados, sus casas que parecen haberse enamorado del color y sus ascensores que todavía creen en los milagros cotidianos. Te voy a mirar caminar por esas calles bohemias con las mejillas color carmín, riéndote de algo que seguramente es tan absurdo que nos causa mucha gracia, y seguramente voy a estar demasiado ocupado intentando memorizar la forma exacta en que la tarde decide quedarse a vivir sobre tu cara. Estoy convencido de que esa ciudad fue construida para parecerse un poco a vos: impredecible, luminosa, llena de cuestas que siempre vale la pena subir.
Quizá nunca deje de tenerle miedo al mar.
Pero hay cariños que no llegan para quitarnos los temores. Llegan para volverlos pequeños. Llegan para enseñarnos que la fe no consiste en saber que el agua no es profunda, sino en elegir entrar igual porque del otro lado nos espera alguien que transforma todas las tormentas en puerto.
Y si alguna vez me preguntan cuándo decidí creer en los saltos de fe, no voy a responder que fue frente a una iglesia, ni al borde de un precipicio.
Voy a decir que fue el día en que una mujer nacida de las olas me sonrió desde la orilla y, por primera vez en mi vida, el océano dejó de parecer el final del mundo para convertirse, simplemente, en el camino más corto hacia vos.
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